Principiantes (De qué hablamos cuando hablamos de amor)

Por qué es interesante leerlo: Raymond Carver es uno de los escritores más influyentes de los últimos cuarenta años. Sus relatos, que podrían definirse como iniciadores de una poderosa tendencia minimalista, eran modificados con su consentimiento por el editor de su obra, Gordon Lish. Ahora se publican en su versión original, permitiéndonos averiguar cuánto hay de Carver y cuánto de Gordon en este prodigio literario.

 

Uno de los modos más objetivos de medir la importancia de una obra es detectar qué influencia ha ejercido en la literatura posterior. Y en la literatura actual la huella de Carver es muy profunda.

Pero en este éxito hubo dos responsables. Carver permitía que su editor, Gordon Lish, eliminara de sus relatos originales los párrafos que considerara oportunos. El resultado de esos recortes son unos textos concentrados, duros, dotados de esa desolación fría que impregna los cuadros de Hooper. Algo que tiende a definirse como una especie de minimalismo sucio.

Anagrama acaba de publicar parte de los relatos originales de Carver bajo el título de Principiantes, permitiéndonos el lujo de leer los fragmentos eliminados por Gordon Lish.

 

Según sus propios comentarios, en Principiantes Carver quiso contarnos que en el amor caminamos siempre a ciegas.

Gordon convirtió ese texto titulado originalmente Principiantes en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Y es su autor. Lo es por sustracción. Porque ambos relatos, partiendo de la misma base, cuentan cosas distintas, y por tanto no estamos ante el mismo relato.

 

Resumir De qué hablamos cuando hablamos de amor es difícil. Para los que no lo hayan leído, apuntaré unos pocos detalles. Dos parejas, Terri y Mel y Laura y Nick, hablan del amor mientras beben ginebra. Cuando Terri abandonó a su anterior pareja en favor de Mel, el abandonado amenazó a ambos de muerte, hasta que, tras varios intentos de suicidio tan fracasados como espeluznantes, consiguió matarse. Eso no es amor, dice Mel. Y cuenta la historia de dos ancianos que sufrieron un accidente de tráfico, de resultas del cual, tras sobrevivir milagrosamente, quedan maltrechos y escayolados.

El anciano, cuenta Mel, “seguía muy deprimido. Pero no por el accidente. (...) Yo me acercaba al agujero de su boca y me decía que no, que no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla por los agujeros de los ojos (...). Podéis creerme, al hombre le rompía el corazón no poder volver la maldita cabeza para ver a su maldita esposa”.

Los cuatro personajes recorren la tensión entre estos dos extremos de la emoción amorosa, indagando en su propia relación, presente y futura, y en aquellas relaciones pasadas que ahora, por asombroso que les parezca, han degenerado en odio.

De qué hablamos cuando hablamos de amor es un relato de incertidumbre, árido, contundente y deshumanizado. Incluso esos dos ancianos ideales son retratados como meros pacientes por Mel, que se declara mecánico antes que médico, como mecánico es el funcionamiento del corazón. Para el lector, los ancianos son dos bultos enyesados de quienes ni siquiera sabemos su nombre. De modo que el amante de Terri es un psicópata peligroso, la anterior mujer de Mel es una bruja deleznable a quien Mel fantasea con matar; Mel y Terri llevan ya cuatro años juntos, y se hablan de un modo que en ocasiones bordea el desprecio. Y ese parece el futuro inexorable que también espera a Laura y a Nick, que ahora viven, por poco tiempo, una especie de luna de miel.

 

El relato original de Carver, Principiantes, es otra cosa. Los ancianos no sólo tienen nombre. Mel nos cuenta su historia a lo largo de varias páginas que fueron suprimidas de forma completa por el editor. Nos dice que desde que se conocieron no se han separado jamás, ni un solo día de sus vidas. Nos describe cómo bailaban juntos, descalzos, en las aburridas noches de invierno en que permanecían encerrados sin más distracción que la presencia del otro. Nos cuenta cómo oían desde la cama el sonido de la nieve cayendo.

Esa sustracción ejercida por Gordon no es un silencio literario, algo que deba llenar el lector desde su propia experiencia. Esa sustracción modifica completamente el sentido del relato y la emoción que suscita. En Principiantes el relato se humaniza, los ancianos tienen carne y biografía, y su relación se nos presenta no sólo como un elemento positivo, sino incluso como un elemento resolutivo. Hemos visto encarnarse de forma palpable una de las formas más improbables y dignas del amor.

Y eso repercute en los propios protagonistas, permitiendo que afloren sus flaquezas, sus móviles, en definitiva, su humanidad.

Mel va a ducharse y Terri aprovecha el momento para contarles a Laura y Nick que realmente amaba a ese pobre loco que no podía vivir sin ella. Que, por loco que estuviera, contenía algo apreciable. Se quedó embarazada de él y tuvo que abortar, pero incluso eso alienta al personaje, dotándolo de una herida interna que la hace más cercana. Incluso ese delirio destructivo de su ex pareja adquiere para Terri un valor apreciable.

En el relato original de Carver, el amor es posible, y su luz recorre a todos los personajes, redimiéndolos.

 

Así que estamos ante dos relatos distintos. De qué hablamos cuando hablamos de amor es poderoso y desasosegante, y estaba destinado a abrir nuevas vías en la narración. Tras comprobar detalladamente las mínimas supresiones ejercidas por el editor aquí y allá a lo largo del diálogo, diría que no estamos ante un ejercicio de minimalismo tan puro como pudiéramos suponer. Lo que se dice bien puede decirse de otra forma, puede permanecer o eliminarse sin afectar apenas al conjunto. El camino hacia la brevedad no es tan radical como los textos de esta línea que han llegado después, donde se busca que cada palabra pese de tal modo que una pequeña modificación tiende a desbaratar el conjunto.

Probablemente, Principiantes, el relato original de Carver, no habría repercutido de modo tan obstinado en sus descendientes (en lo que a relato corto se refiere, su influencia me parece incluso excesiva, y empieza a ser más un camino ya gastado y una forma de atadura que un sendero por explorar, pero esto es una opinión personal). Principiantes, como decía, no hubiera influido tanto en los escritores posteriores, probablemente, como lo hizo De qué hablamos cuando hablamos de amor. Pero Principantes me parece más sincero. No tanto porque sea más optimista. Me parece que contiene más verdad. Hay un punto de impostura en esa desolación turbia que se construye sin una sola fisura en De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Carver es el dueño de su obra, y fue él quien accedió a la reescritura por supresión ejercida por su editor. Así que en principio nuestro deber sería respetarlo, del mismo modo en que no ponemos en duda una sola nota de Mozart. Hasta ahí, nada que alegar.

El problema, como revela Carol Sklenica en una reciente biografía del autor, es que Gordon Lish IMPUSO la mayoría de esos cambios. Carver, en una posición de debilidad, se enfrentó a una disyuntiva a la que demasiado a menudo se enfrentan muchos autores: o mantener la pureza de su trabajo, y aceptar que el manuscrito quizá no saliera jamás del cajón de su escritorio, o aceptar los tajos de Lish, y que al menos se publicara el muñón de sus relatos.

Así es como una parte de Carver, sólo una pequeña parte, pudo llegar hasta nosotros.

Como autor, debo mencionar que es conveniente escuchar TODAS las opiniones, lleguen de donde lleguen, y por descabelladas que parezcan a primera vista. Pero, como autor, sé que nadie conoce mejor que uno mismo los engranajes de su propia obra. Ha dedicado a construirlos cien veces más tiempo y esfuerzo del que puedan dedicarle cualquiera de los críticos, editores y lectores que, en términos generales, rara vez llegan más allá de su superficie. Una obra es un entramado sutil, y un pequeño cambio en cualquier punto tiende a afectar a la totalidad de un modo que sólo el autor puede reconocer. Es cierto que la literatura necesita ser publicada para existir, y por tanto tiene que mantener como referente a un número suficiente de lectores. Esta particularidad ha evitado una ruptura aún más radical entre literatura popular y literatura culta, como ha sucedido en otras artes, como la música o la pintura. Pero no aceptaríamos que ningún galerista cortara las tres cuartas partes de El Guernica, y tampoco que ningún director de auditorio suprimiera dos movimientos de una sinfonía.

Quizá Gordon Lish debió ceñirse a su papel de editor, o escribir sus propios relatos. Como lectores, sólo podemos reprocharle que demoliera la obra de un genio como Raymond Carver para componer su propio collage con los escombros. En pleno siglo XXI no deberíamos remedar a Velázquez, insistiendo en que la literatura es un arte y por tanto los autores no somos artesanos, sino artistas, y escritores, no escribientes. Triste. Muy triste.

 

 

Javier Arriero Retamar