Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores

Por qué es interesante leerlo: porque no somos lo que nos ha pasado. Somos lo que recordamos que nos ha pasado. De modo que, para averiguar quiénes somos, conviene saber cómo recordamos.

 

Nuestro cerebro contiene, hasta el más mínimo detalle, cuanto hemos visto, tocado, saboreado, olido y sentido a lo largo de nuestra vida. Pero a ese colosal archivo sólo tiene pleno acceso nuestro subconsciente.

Como dice Douwe Draaisma en Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores, para nuestra parte consciente, “el recuerdo es como un perro que se tumba donde le place”. Tenemos un carné de esa biblioteca que contiene la totalidad de nuestras vivencias, pero no decidimos qué leemos. Sencillamente, los libros aparecen ante nuestros ojos.

De modo que no nos moldea lo que nos ha pasado, sino qué recordamos de cuanto nos ha pasado, y cómo lo recordamos. Doouwe indaga en los mecanismos de la memoria, terreno prácticamente inexplorado, de un modo riguroso. Pero no estamos ante un abstruso ensayo científico. Recurre a lo concreto, a la anécdota que ilumina, al sentido común, a la experiencia cotidiana, a la literatura. Se devora con la facilidad de una buena novela, y el conocimiento que aporta te transforma. Cuando cierras el libro, sabes mucho más de lo que sabías acerca del mundo y de ti mismo.

Douwe Draaisma nos explica que sí, somos nuestro recuerdo, pero el recuerdo tiene sus propios resortes. Desde la primera memoria, que el miedo, es decir, el instinto de supervivencia, se encarga de grabarnos a fuego, hasta el último momento de consciencia, donde se dice que la vida entera se proyecta ante nuestros ojos, pasando por la magdalena de Proust y las revelaciones súbitas que procuran los sentidos.

De hecho, nos avisa de que en ocasiones podemos llegar a inventar recuerdos. No es sólo que nuestra percepción o los engranajes de nuestra memoria alteren lo acontecido, que también sucede; es que podemos recordar algo que jamás nos ha sucedido.

“El psicólogo Jean Piaget poseía un primer recuerdo emocionante que se remontaba a su segundo año de vida. Aún era capaz de ver la imagen:

estaba sentado en mi cochecito, la niñera lo empujaba por los Campos Elíseos, cuando de repente un hombre intentó secuestrarme”.

La niñera se interpone con valentía, el ladrón la araña, aparece la policía, el ladrón huye. “Aún veo toda la escena e incluso sé en qué entrada de metro sucedió”.

Trece años después, la familia de Piaget recibe una carta. La niñera les informa de que se ha inscrito en el Ejército de Salvación y quiere lavar su conciencia. Les devuelve el reloj que la habían regalado por su valiente acto. Porque ese asalto nunca sucedió. Se lo había inventado. Piaget había oído la historia de niño y la había convertido en un recuerdo propio, llenando la ficción de vívidos detalles y emociones intensas.

Cito algunos de los encabezamientos de los capítulos contenidos en el libro:

Por qué la vida pasa más rápido a medida que envejecemos.

¿Por qué recordamos hacia delante y no hacia atrás?

Trauma y recuerdo

Viajamos en espejos ovalados: sobre lo deja-vu

El efecto de reminiscencia

Así me hallaba yo como un desvalido en mi ciudad natal

Caer en el cielo

Larga juventud, corta vejez

Y, quizá la mejor de todas,

En todo el universo no veía a nadie más que a Lina

¿cómo vas a dejar de leer un libro que contiene un capítulo con este encabezamiento?

 

Recuerda: Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores, Douwe Draaisma, Alianza Editorial, 2009, sección psicología; corre a la librería o a la biblioteca, donde sea, pero corre.

 

 

Javier Arriero Retamar