La vida que se cumplió, de Carlos del Pozo

Por qué: La vida que se cumplió, de Carlos del Pozo, ganó en el año 2001 el Premio Liceo Rubia Barcia-Ciudad de Ferrol. Es razón más que suficiente.


En el arte en general, y en la literatura en particular, hay una norma tácita que dice que si tienes algo que merece la pena contar, cuéntalo. Y con ese único acto habrás justificado toda la obra.

Ese es el caso de la vida que se cumplió, una novela de corte autobiográfico (lo que no quiere decir que sea estrictamente una autobiografía) en la que el narrador (que no es necesariamente el autor) cuenta lo que tiene que contar. Y lo hace con una sencillez absoluta. Pero no necesita más, porque con eso que cuenta, y que atañe al lector, se justifica a sí misma. Y para ilustrar este hecho me veo obligado a contar parte de su trama:

Berni y Andrés son amigos. Berni no es inteligente, pero es gallardo, y aspira a ser portero de fútbol. Probablemente le guste ser portero, pero es también un medio de obtener fama y riqueza, de escapar de un futuro desesperanzado en una ciudad de provincias, donde el horizonte más probable es convertirse en albañil, como su padre.
Andrés es inteligente, pero no es gallardo. Sabe que también él puede usar su principal baza, la inteligencia, para escapar, pero carece de la convicción de Berni. Le apasiona el buen cine, el arte, la literatura, pero no tiene una vocación definida y, sobretodo, no tiene coraje para oponerse a los designios de su familia, que disfruta de una posición económica desahogada. Esa bonanza la permite erigirse, a ojos de Andrés, en un modelo a seguir.

Berni consigue su propósito. Se convierte en titular del Real Madrid, y la fama y el dinero le corrompen rápidamente. Los esfuerzos de Andrés por conservar su amistad concluyen en humillación.
Llegado el momento, Andrés, que avanza a tientas y en solitario, escoge una carrera que parece tener futuro, aunque sea en gran medida ilusorio. Estudia derecho, tal como desea su padre. Y tal como desea su padre, cuando acaba la carrera decide opositar para juez, aunque eso suponga, en la práctica, posponer la realización de su propia vida. Su novia no le espera.

Un lustro después, las vidas paralelas de Berni y Andrés vuelven a cruzarse en un momento decisivo. Esta parte puedo omitirla en favor del misterio. Pero el resultado es el mismo en ambos casos: han llegado a la vida que deseaban sólo para comprobar que no merecía la pena. Berni, denostado, arruinado, al borde de la cárcel. En cuanto a Andrés, el panorama es aún más desolador. Descubre que ha sacrificado su juventud por un trabajo fijo, y que el precio era demasiado alto. Que ese tiempo perdido nadie podrá devolvérselo. Su único deseo es alimentarse del presente. Adquiere una vida prefabricada que incluye esposa, hijos y algunas aficiones plenamente insatisfactorias. Ha cumplido a la perfección los objetivos marcados por su familia sólo para comprobar que “a los farragosos artículos de la ley hipotecaria no hay quien les saque una rima decente”. Su vida está reducida a una practicidad carente de poesía y, sobretodo, de sentido.

“Desde entonces, Berni y yo nos vemos a menudo. Más que en los últimos diez años. Cada jueves pasa a buscarme por el juzgado y vamos al Palmar a comer un arrocito. Son, si quieren que sea sincero, mis mejores momentos de la semana con diferencia, porque por unas horas pierdo de vista a mi mujer y a las fieras de mis hijos”.

Sin alardes, la novela traza un retrato desolador del callejón al que conducen los deseos cumplidos. Y es que, a menudo, el cumplimiento de un deseo supone el incumplimiento de una vida.
Aunque cuanto sucede alrededor de esas vidas aparece distante, en un segundo plano, tras el retrato de los personajes principales actúa una sociedad absurda y desquiciada que conduce a metas que son en último término muros. Y cuando uno lo comprende es siempre demasiado tarde.

He de mencionar que me leí la novela de una sentada, y acabé a las dos de la mañana con los ojos como platos, con la acongojante sensación de que me habían contado al oído algo que debía saber. Entretener es algo que pude hacer cualquiera, pero amigo, el desasosiego sólo lo logran los mejores.

 

Javier Arriero