La invención de Irlanda, de Declan Kiberd

 

Por qué: tres razones, nada menos: una, mi ya conocido interés por Irlanda (algún día explicaré en detalle el por qué de ese interés, que tiene su explicación y es sorprendente) dos, el conocimiento de cómo la literatura influye y da forma a la realidad, hasta el punto de crear estados. Y tres, quiero conocer en profundidad los mecanismos del actual neonacionalismo, un movimiento que recorre el mundo y que, además, tenemos en casa. He de mencionar que yo estuve a favor de él durante mucho tiempo. En ese momento pensaba en los estragos de los imperios y en el esplendor de las polis griegas. Cuando he visto al neonacionalismo en acción lo que he visto son imperialismos de tendero.

Hablar de este libro me llevaría muchas páginas. Voy a sacrificar la exactitud en favor de la brevedad.

Las naciones, contra lo que muchos creen, no son entes naturales que de algún modo preexisten y nos anteceden. Una nación es una creación cultural. Mañana mismo puedes empezar a crear tu propia nación. Basta con que convenzas a una comunidad lo suficientemente amplia de que tiene intereses comunes que defender frente a sus vecinos. Sí, vale para tu portal también. Tardará en formarse un par de años, si se trata de tu comunidad de vecinos, o un par de siglos, si se trata de tu comunidad autónoma, pero se formará. Lo que analiza este libro es cómo la literatura inventa, o provee de identidad y objetivo común, a la suma de intereses diversos que confluyen en eso llamado nacionalidad. En concreto, trata de la invención de Irlanda. La relación entre literatura y nación, y entre literatura y realidad es una relación compleja, pero también es una relación directa.

Irlanda nace a finales del siglo XIX. Antes de esa fecha la identidad irlandesa estaba ya bien definida, por supuesto. Pero una identidad bien definida, como demuestra Escocia o Gales, no implica la necesidad de una nación. Las relaciones entre Irlanda y el Reino Unido siempre fueron difíciles, porque el Reino Unido no consideraba a los irlandeses como compatriotas, sino, más bien, como un pueblo colonizado. Pero es que las clases altas inglesas tampoco consideraban compatriotas a sus propios compatriotas, como demuestra el trato dado a los trabajadores durante la revolución industrial. Un mínimo sentido del humanismo entre la nobleza inglesa habría hecho viable una convivencia que, por otro lado, tiene una lógica geográfica. Pero, pese a que tomaban el té con puntualidad y el meñique estirado, la nobleza inglesa apenas era humana.
A mediados del siglo XIX una plaga arruina en Irlanda las cosechas de patatas, provocando una hambruna sin precedentes. Las autoridades británicas dejan morir a la población de hambre. Mueren millones, y otros tantos emigran.
En ese instante, la suerte está echada.
El despoblamiento provoca que las señas de identidad irlandesas, incluida su lengua, esté a punto de perderse para siempre. Pero es en ese momento cuando los irlandeses recurren a esas señas de identidad, a todo aquello que les distingue de los ingleses, y recurren a esas señas porque necesitan dar una forma y un objetivo a ese odio generado por la matanza. El objetivo es liberarse de aquellos que cobran impuestos, pero están dispuestos a dejarlos morir de hambre. Un grupo de intelectuales crea la Liga Gaélica, que en primer término tiene la intención de recuperar el sentimiento nacional, como peldaño para obtener la independencia.
Es entonces cuando los escritores se ponen en marcha, “creando” la identidad y la necesidad de una nación irlandesa que todavía no existe. Pero en ese movimiento confluyen muchas tendencias. Están los idealistas, como Pearse, están los socialistas, como Connolly, y también aquellos que tienen una mentalidad práctica, como de Valera y Michael Collins. También hay un incipiente movimiento feminista.

Para crear una nación, el género más efectivo es la poesía, como demuestra La Ilíada, El mío Cid, El cantar de Roldán o La leyenda de los Nibelungos. Yeats es ese poeta.
En 1916, mientras Inglaterra, y con ella muchos irlandeses, combaten en la primera guerra mundial, se produce el alzamiento. Es un alzamiento romántico guiado por los idealistas, que han logrado aunar todos los intereses, convenciendo a sus integrantes de que el primer paso para alcanzar sus respectivas (y a menudo opuestas) metas es obtener la independencia.
Con pocas armas, con pocas balas, sin artillería, el alzamiento es un acto simbólico, y los actos simbólicos están condenados a la derrota inmediata... y la victoria final. La propia población de Dublín asiste asombrada a esa guerra que tiene lugar en sus calles, y muchos lo ven como una traición, considerando que sus hijos están combatiendo a los alemanes en Europa. Pero los ingleses cometen un error: tratar a los prisioneros no como rehenes de guerra, sino como traidores, y fusilar a los cabecillas.

A partir de ahí, y con el apoyo de la población, son las mentes prácticas quienes toman las riendas, entablando una larga guerra carente de romanticismo y poesía, aunque son los poetas quienes mantienen viva esa llama simbólica.
Finalmente, el gobierno británico cede. Collins alcanza un acuerdo por el que renuncia a los condados del norte, de mayoría protestante, a cambio de la independencia de los condados del sur. Ha sido denostado por ello, pero hay que considerar que la maquinaria bélica de una potencia como Gran Bretaña podría haber devastado la isla de punta a punta, como amenazaba con hacer si el acuerdo no era aceptado. No es ese el principal error de Collins. Su principal error es que, una vez en el poder, traicionó los intereses de los diversos grupos que le habían apoyado: el socialismo, el feminismo, y cualquier otra reivindicación modernizadora.
Estalla una guerra civil que los contrarios a Collins están condenados a perder, porque Collins recibe ayuda del Reino Unido en forma de artillería y armamento, que emplea para sofocar a sus antiguos compañeros. Finalmente, su principal opositor, de Valera, es elegido primer ministro. Y de nuevo traiciona los intereses de sus seguidores. Se alía con el clero católico y los hacendados, impone la censura a los escritores que han creado Irlanda y acaba con el movimiento socialista.

Se impone el éxodo de los escritores que, censurados, sin lengua en la que expresarse (el gaélico no cuenta con suficientes lectores, y además es un idioma normalizado artificialmente, un idioma resucitado en un laboratorio) y con una patria en la que prevalece el hambre y apenas es posible la supervivencia, sólo les queda refugiarse en la propia Inglaterra y en el idioma del imperio, el inglés. Sin embargo, son estos escritores sin patria los que formarán la vanguardia literaria europea, encabezada por Beckett y James Joyce. El libro traza una crítica maravillosa de su obra a la luz de esta carencia: en “Ulises”, Joyce traslada el centro de la acción al interior de una conciencia, desdibujando cuanto la rodea, aunque lo que la rodea sea, efectivamente, Dublín. De esta forma, la identidad no emana de una patria, sino que la patria es un sujeto pasivo e informe que soporta la auténtica realidad, la conciencia interior del sujeto.

En el Reino Unido los veteranos de la segunda guerra mundial exigen (y obtienen) una serie de derechos que ahora se denominan “estado del bienestar”. Es una lástima que esos derechos, básicos, sólo hayan sido concedidos por los gobernantes bajo la presión de una multitud organizada, encolerizada y perfectamente preparada para reclamarlos por la fuerza de las armas. Mientras, Irlanda permanece sumida en la pobreza física y espiritual. Cuenta con un elenco de escritores geniales, que escriben en inglés, a menudo viven en Inglaterra, y siguen dando forma a los nuevos matices de una nación secuestrada por los políticos y la iglesia católica, contra los que no pueden combatir, porque carecen de lectores entre sus compatriotas (quien haya leído Las cenizas de Ángela, se hace cargo del nivel de miseria).
Irlanda sólo alcanzaría el estado del bienestar con su ingreso en la Unión Europea. Lamentablemente, los políticos no fueron capaces de transformar esa lluvia de dinero en infraestructuras sólidas que supusieran una inversión a largo plazo, y, como el autor comenta, ese dinero se gastó en doblar la plantilla de funcionarios en un intento desesperado de reducir el paro (¿de qué me suena esto?). Al menos, Irlanda vivió una apertura cultural que permitió que sus propios escritores volvieran a introducir la noción de progreso en una nación disecada.

En realidad, apenas he hablado de la disección crítica de cada uno de los autores irlandeses y su aportación a la idea de nación irlandesa, que es de lo que trata el libro, pero eso me llevaría páginas y páginas. A él le lleva ochocientas. A efectos prácticos me interesaba mucho más mencionar adónde conduce este ejemplo de neonacionalismo. Cuánto mejor le hubiera ido a Connolly y a sus voluntarios socialistas si en lugar de dejarse guiar por los cuentos celtas de los románticos se hubieran dejado guiar por el llanto de los niños que morían de hambre en los suburbios de Dublín...

Para el que quiera ver ilustrada esta visión de la independencia irlandesa en palabras de un irlandés, recomiendo encarecidamente la lectura de Una estrella llamada Henry, de Roddy Doyle. No sólo es una novela magnífica que se lee de un tirón, es, además, enormemente lúcida.
Cuando sus propios compañeros de armas le tienden su condena a muerte por encima de la mesa, acusándolo de traidor, Henry Smart pregunta ¿alguna vez hubo de verdad algún traidor entre aquellos a los que me ordenasteis asesinar?

Irlanda, y Henry Smart, nos enseñan algo. Creo ( por lo menos de momento, hasta que se demuestre lo contrario) que España es una palabra vacía que los escritores deberían retomar. Urge.

 

Javier Arriero