Guía para entender el Nuevo Testamento, de Antonio Piñero

Por qué: hay libros que hay que leer, porque sin ellos seremos incapaces de entender el mundo. El Nuevo Testamento, como fundamento de la cultura occidental, es uno de estos libros imprescindibles. Pero hace dos mil años que se redactó. Requiere, para un correcto entendimiento, un bagaje de conocimientos previos, una introducción.

Y Guía para entender el Nuevo Testamento es la introducción más solvente de las que conozco. Me costó lo suyo encontrarlo, porque se agotó la primera edición, pero tras una intensa caza, y cuando estaba a punto de rendirme, fue reeditado. Bendito sea Dios.

La Biblia es como el Premio Planeta: se vende a paletadas (es el libro más vendido del mundo, quince millones de ejemplares al año) pero luego nadie lo lee. La gente la compra y la pone en la estantería, supongo. No sé qué sentido tiene ni a qué purgatorio van a parar los libros que no se leen. Es como comprar un pastel y no comérselo. Una vez me fui a una tienda de muebles a comprar una librería y me enseñaron una alacena. Le dije “¿Es usted tan ignorante como parece o lo que pretende es timarme?”. Y me explicó, “en esta balda puede poner usted lo que quiera, aunque sea libros”. Del mismo modo, hay gente que va a las librerías y lo que compra son las tapas. Yo animaría a las luminarias de ciertas editoriales a sacar a la venta lujosos volúmenes con tapas de piel y páginas en blanco, ahorrándose dinero en imprenta y dejando en paz a la literatura, que no les ha hecho ningún daño.

Algunos de mis mejores amigos son católicos y no han leído el Nuevo Testamento. Para mí, esto es absolutamente incomprensible, pero en el fondo hacen bien. Porque si uno lee el Nuevo Testamento descubrirá una distancia entre lo que dicen que dijo Jesús y la interpretación que hace la religión católica del texto. Quizá sea por esto que la iglesia nunca ha animado a leerlo, y en algunas ocasiones, especialmente en la edad media, ha prohibido su lectura.
El caso es que cuando trato de debatir algunos aspectos concretos del asunto con mis amigos católicos se ríen de mí (leer te enseña a no reírte de la ignorancia de los demás, precisamente porque descubres la propia) y me dicen que si voy a saber yo más que su sacerdote (ellos dicen cura). Teniendo en cuenta que los sacerdotes se permiten la libertad de opinar acerca de cómo debería ser mi vida sexual, ellos, que nada deberían saber de ella, también puedo opinar yo de Jesús, aunque no lo haga desde la fe. Y lo digo con pena, porque ya me gustaría a mí tener fe.

Y este apunte es importante: hay muchas guías para entender el Nuevo Testamento, pero escritas, generalmente, por creyentes, que son los que se dejan la piel en el empeño, por razones obvias. Antonio Piñero se confiesa no creyente, y yo, el crítico de esta obra, me confieso agnóstico. Es decir, que ni creo ni dejo de creer. Y entre esos dos baremos vamos a movernos, de modo que si el lector considera que este punto de vista puede herir su sensibilidad, que se quede con la fe, renuncie a la verdad y se apee aquí.

Hay libros que exigen, para una lectura adecuada, unos conocimientos previos. Desgraciadamente, es así, y el Nuevo Testamento requiere de una abundante introducción. Hay que entender su contexto, la época y la mentalidad en que fueron redactados, su intención última, las modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, incluso las intromisiones en el texto original de algunos copistas. El acercamiento crítico al Nuevo Testamento comenzó hace 300 años, en el siglo XVIII, y desde entonces una legión de eruditos de varias disciplinas han consumido sus vidas examinando el texto hasta el último detalle, cribándolo hasta la última brizna.

Como dicen que dijo Jesús, la verdad os hará libres, y de eso se trata, básicamente. De averiguar, hasta donde podemos, qué dijo verdaderamente Jesús, qué quería transmitirnos. Y a lo largo de la guía se concretan algunas certezas: Jesús es una figura histórica. Es decir, realmente existió. Y Jesús es, en gran parte, producto de su propia época. Podría decirse que el mesianismo era un fenómeno corriente en la cultura judía del siglo I. Pero los evangelios no siempre transmiten de una forma pura la doctrina originaria del maestro. Muy pronto confluyen en él otras corrientes pensamiento. El cristianismo parte de la confluencia de dos culturas poderosas y fundamentales, el judaísmo y el helenismo. Antes de que existiera un canon, una iglesia universal, el cristianismo fue un crisol donde se fundieron las ideas más poderosas de la época, y dio lugar a muchas iglesias. Este fenómeno afecta al cristianismo desde una fecha muy temprana, unos veinte años después de la muerte de Jesús. Hay una distancia casi insalvable entre la doctrina de Pablo, que aboga por la salvación de los gentiles, dejando de lado la ley mosaica, y la doctrina de los cristianos judíos, encabezados por Santiago, el hermano de Jesús, y por el propio Pedro, para quien la salvación sólo es posible, en principio, respetando escrupulosamente la ley de Moisés, incluyendo la circuncisión y el respeto de los tabúes alimenticios. Es decir, sin circuncisión y comiendo cerdo no hay salvación posible.
Al respecto de Santiago, mencionar que, ciertamente, Jesús tuvo hermanos, y que la virginidad de María fue un dogma introducido con posterioridad a los hechos relatados. Otro apunte rápido, pero que a alguno le pondrá el pelo blanco: Jesús nunca creyó en la necesidad de una iglesia, no quiso que nadie sirviera de intermediario entre Dios y el ser humano, y desde luego jamás nombró a Pedro como su fundador. Como no quiero que me lapiden, lo dejo aquí, pero quien crea aquello de “La verdad os hará libres”, debería leer este libro. Es el mejor que se ha escrito sobre el tema (o al menos el mejor que yo he leído) y nada voy a decir aquí que Piñero no explique mejor, es decir, con más solvencia, criterio y extensión, de lo que podría hacerlo yo. Gracias, Piñero, por poner en nuestras manos este libro, que va (sorprendentemente) por la segunda edición, y que quizá se convierta en un clásico.

Sí quiero hacer un apunte respecto a los evangelios, puramente literario. Cuando los leí quedé pasmado, especialmente con el evangelio de Marcos, el primero que fue redactado. La sensación que tuve fue que el escritor era o un tipo increíblemente torpe o un genio. La sensación que tuve es que en la Judea del siglo I había sucedido algo, y era algo tan poderoso que excedía la capacidad del propio escritor, es decir, de aquel que pretende contarnos lo sucedido. No es un texto dogmático, como cabría suponer. Ni siquiera es convincente. El autor parece, sencillamente, sobrepasado por los acontecimientos. Al respecto, mencionar cómo describe la resurrección:

“Pasado ya el sábado, María Magdalena y María, la madre de Santiago, y Salomé compraron sustancias aromáticas para ir a ungirlo (...) y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven, sentado en la parte derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron pasmadas. Pero él les dice: “Dejad vuestro espanto. Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí: éste es el lugar donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos, y a Pedro, que él irá antes que vosotros a Galilea: allí lo veréis, conforme os lo dijo él.” Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque estaban sobrecogidas de temor y espanto. Y nada dijeron a nadie, porque tenían mucho miedo.”

Y aquí acaba el evangelio. Las “varias apariciones de Jesús” que se relatan a continuación son un añadido posterior. El autor original, al que denominamos Marcos, pero que no sabemos quién es, salvo que es un genio o un torpe, no considera necesario mencionarlas, es decir, renuncia a tratar siquiera de convencernos de que esas apariciones sobrenaturales tuvieron lugar. No hay ángeles ni luces blancas ni efectos sobrenaturales. Sólo un individuo anónimo con una túnica blanca. Y por otra parte, el “temor y espanto” de las mujeres ante la resurrección es una reacción muy extraña, y muy distante del júbilo y gozo que cabría esperar. ¿Jesús inspirando terror a su propia madre? ¿Qué clase de escritor ensalza la resurrección de su maestro usando la palabra “espanto”?

Como explica Piñero, la resurrección no es un elemento que puedan tener en cuenta los historiadores, es un asunto de fe. Por eso nos previene, declarándose no creyente. En este sentido, todo historiador debe ser no creyente. Y hay una razón por la que yo me aproximo al texto desde un punto de vista literario, y me declaro agnóstico. Si retiro del texto los milagros, la resurrección, los dogmas de fe, el judaísmo, el helenismo y las corrientes mesiánicas de la época, todavía me queda algo que no puedo digerir.
Todas las ideas de los grandes pensadores vienen de alguna parte. Podríamos decir que son inventos, es decir, toman elementos anteriores y les dan un nuevo sentido. Sin embargo, no logro explicar de dónde viene alguien que dice, por ejemplo, “Ama a tus enemigos”. En la Judea de la época, el mesianismo está orientado a expulsar a los romanos, y a los romanos sólo se les puede expulsar por la fuerza. Y esto no lo dice un filósofo erudito, lo dice un carpintero nacido en una aldea remota. Otro ejemplo: un judío de la época no se atreve ni a nombrar a Dios Todopoderoso sin elipsis, y Jesús dice “Habla con Dios como si hablaras con tu padre”.
Así que, cuando como la cereza de la bonita historia, profunda y sugerente, que es el Nuevo Testamento, me queda un hueso en la boca, y no sé qué hacer con él.
Por eso soy agnóstico. Porque dudo. Porque tanto creer como no creer son dos formas de fe.

 

Javier Arriero