Cómo ser feliz, paso 9:

Intenta ser normal

La medianía tiene mala prensa, porque de la medianía no se obtienen ni avances científicos ni obras de arte. Y sin embargo, allí es a donde conduce nuestro sistema educativo, basado en la obediencia y la repetición. Al fin y al cabo, cuesta mucho que un ser humano se dedique durante 45 años de vida laboral a roscar un tornillo en la chapa de un coche sin hacerse preguntas. Requiere, de hecho, años de esfuerzo lectivo, de formación en fila y de trastorno cerebral. El resultado es, así en general, desalentador, vale. Pero a un nivel personal es peor que seas capaz de realizar una obra de arte, porque el sistema detecta tu anomalía y se ve obligado a escupirte. Al fin y al cabo, la sociedad no busca aquello que redunda en bien de la humanidad, sino aquello que redunda en bien de la economía. Sobretodo, en la economía de algunos.

Mi madre solía decir que no quería que sus hijos fueran genios. Que prefería que fueran normales. Porque las personas normales, decía, son más felices. Esto lo dedujo tras ver la serie sobre Ramón y Cajal que emitían por la tele. En uno de los capítulos, un hijo de Ramón y Cajal agonizaba de fiebres entre los brazos de su madre. La madre aporreaba la puerta del despacho de Don Santiago diciéndole “que el hijo se nos muere”. Pero Don Santiago estaba tan embelesado en las conexiones neuronales que ni apartó la vista del microscopio, y creo recordar que el hijo, por coherencia con los hechos, se murió.
En ese momento mi madre creyó haber dado con la clave del comportamiento de mi propio padre, y llegó a la conclusión de que mi padre también era un genio. (Yo siempre he considerado que esta definición era un eufemismo, pero me lo callo). Y que con un genio ya teníamos bastante en la familia. Incluso demasiado, diría yo. Así que me dijo, Javier, hijo, tú lo que tienes que ser es normal.
Al principio me negaba a serlo. Prefería ser un genio, fundamentalmente para que hicieran una teleserie sobre mi persona. Pero pasando el tiempo me he dicho, y para qué quieres que te hagan una teleserie, Javier. Pues eso.



Esto no te lo dirá ningún libro de autoayuda porque no está bien visto, pero para ser feliz ayuda mucho ser NORMAL. Ser normal no quiere decir que tengas sentido común, ni mucho menos. Más bien al contrario. Es normal que comprar una caja de cemento de 60 metros cuadrados (lo que comúnmente llamamos hogar) te cueste cuarenta años de trabajo. Es normal, sí, pero es un hecho que rebela de forma instintiva al sentido común.
Ser normal no quiere decir que seas razonable ni coherente. Lo único que indica es que no estás loco. No tanto porque no padezcas una enfermedad mental, sino porque será una enfermedad mental generalizada, y que por tanto no se considera como tal. La locura es siempre, por definición, un asunto de minorías. Más que nada, porque encerrar a la mayoría es más costoso, de modo que optamos por encerrar a los que son menos.

 

Así que ser normal no es en sí mismo ni bueno ni malo. Únicamente significa que formas parte de la corriente mayoritaria. Y formar parte de la corriente mayoritaria es la clave para sentir que el mundo está hecho a tu medida, porque vivimos en una sociedad de masas en la que todo está diseñado para contentar a la media. La propia democracia es, siempre, el gobierno de la mayoría, es decir, de la media. Si tú compartes las ideas de la media, tus opiniones siempre serán respaldadas por los gobernantes, y en función de tus ideas se harán las leyes. Y el marketing habrá previsto tus necesidades y correrá a saciarlas antes incluso de que se te hayan ocurrido. Y la religión te prometerá el cielo que más te gusta y el infierno que más odies, con premios y castigos que siempre coincidirán de forma exacta con tu moral.


Partiendo de este hecho, el deseo de la sociedad es que todos seamos felices, y por tanto, medianos. Si lo piensas un poco, lo de hacer de las personas trajes en serie empieza desde pequeños. El hermano de en medio siempre será más feliz, porque le dejan pasar desapercibido y puede ser lo que le venga en gana. Y luego vas a la escuela, donde tengas las aptitudes que tengas da igual, porque a todos se nos imparte lo mismo. Y si destacas estás jodido. Si eres gordo, porque eres gordo, si eres flaco porque eres flaco, si estudias porque eres un empollón, y si no estudias... bueno, la paradoja de la escuela es que los que no estudian son los dueños del cotarro, por lo menos hasta los dieciocho.
Luego vas a la mili, cuando había mili, y te ponen un uniforme. Y en cualquier caso acabas en un trabajo, donde te ponen un traje y un horario.

 

Lo bueno de la normalidad es que incluso nos permite creer de vez en cuando que nos salimos de ella. Por ejemplo, te puedes hacer fan de Marilyn Manson, ese monstruo de feria del marketing post moderno, pensando que has dado un paso de gigante hacia la singularidad. Yo no soy normal, te dirás, porque me mola el marilín manson. Error. Alguien capaz de llenar un estadio de fans es perfectamente normal, aunque se esfuerce en no parecerlo. La prueba definitiva de que eres raro es que te gusta algo que no encuentras en el mercado. Por ejemplo, el Mabinogion. O los domingos por la tarde, que ni se compran ni se venden. O Los Pogues, como es mi caso. (The Pogues son el mejor grupo que ha existido y existirá jamás. Y punto). O gozar y sufrir esa desazón que te lleva a pensar que no está todo inventado, que al mundo le falta algo fundamental que está por definir.

 

Para recorrer la vida sufriendo lo justo es recomendable observar lo que hacen los demás y tratar de hacer lo mismo, por extraño que te parezca. De modo que si eres normal, te ahorras el esfuerzo de la imitación, y eso que llevas ganado.
Pero, ¿Qué hacer si, decididamente, tú no eres normal, y por mucho que te esfuerces no consigues serlo? Si permanentemente tienes la impresión de que eres extraterrestre porque la normalidad te parece demasiado rara para pertenecer a este mundo, tienes dos opciones: una, aceptas que eres un genio y estás loco (porque lo uno lleva a lo otro y viene a ser lo mismo para el ojo poco experimentado), y por tanto admites que vas a vivir permanentemente como un boxeador sonado recorriendo la superficie de Marte. O, dos, intentas por todos los medios que te guste el fútbol, los programas del corazón y el partido en el gobierno. Para ser normal te tiene que gustar lo que echan por la tele, no queda otra. Porque la tele es, con su medidor de audiencias, la medida de la normalidad más absoluta; LA TELE ES LA MEDIDA en tiempo real DE TODAS LAS COSAS.

 

Si, pese a todos tus esfuerzos, ves que no te adaptas, asume la tragedia, apaga la tele y abre un libro. No serás normal, puede incluso que estés loco, pero es tu única oportunidad de ser feliz, porque descubres que no estás solo. Al contrario que la tele, la literatura está llena de genios.

 

Paso 9 para ser feliz: intenta ser normal. Porque como se te empiecen a ocurrir ideas vas a sufrir lo indecible en la cadena de montaje. Puede incluso que el sistema las detecte y te escupa a la intemperie, cual herramienta rota. Mira lo que le pasó a Neo, el protagonista de Matrix. Estuvo más cerca de la verdad, vale, pero pasó las de Caín.

Javier Arriero