Cómo ser feliz, paso 8:

El que envidia es traidor: el enemigo está dentro

El asunto de hoy es largo, porque el enemigo a batir es duro, y ladino, y habita dentro, como la solitaria. Diógenes y Alejandro Magno, Marvin Harris, indios del noroeste, esta semana me he tenido que emplear a fondo. La envidia es un punto de vista, una forma de mirar, y tratar de corregir un error tan arraigado en nuestro interior cuesta mucho. Hay que ofrecer otro ángulo, otra perspectiva, un enfoque iluminador. Lo he intentado. Por mí que no quede.

Como ya he mencionado en alguna ocasión, en mi casa no había libros. Una vez fui de visita a casa de una tía mía y me ofreció llevarme en préstamo TODOS los libros que quisiera. Y vi en su estantería un libro fascinante: Cicerón, Discursos. Lo cogí con las manos temblándome de emoción y cuando fui a abrirlo quedé mudo de espanto. Todavía me estremezco. El libro era la mayor aberración que pueda concebir la mente humana más enferma. Era un libro FALSO. Era una caja de cartón con apariencia de libro. Lo di vueltas entre las manos, mudo de rabia, tratando de comprender qué sentido tenía aquello. Llegué a la conclusión de que no tenía ninguno.
Y todavía lo creo. No tiene sentido. Lo que buscaba mi tía, y todos aquellos desaprensivos que acogen tamaña aberración en sus estanterías, es el prestigio intelectual. ¿Prestigio intelectual? Puedes forrar las estanterías de libros de ese tipo, o de cualquier otro, pero bastan cinco minutos de conversación para averiguar si los has leído o no. Sólo das el pego si eres mudo. Un camuflaje es doblemente idiota cuando lo que hace es resaltar tu estupidez. Como vestirse de naranja en el desierto para pasar desapercibido. No sólo eres tonto, eres doblemente tonto por pretender aparentar ser listo de una forma ingenua.


Hay algo que los pobres ignoramos de la ostentación, y conviene saberlo. Un bolso de 3.000 euros no vale 3.000 euros. Nada vale lo que dicen que vale, sino lo que tú estás dispuesto a pagar por ello. Lo que uno está comprando con esos 3.000 euros no es el bolso, sino la exclusividad. Es decir, el hecho de que sólo aquellos que pueden permitirse tirar ese dineral puedan lucirlo.
La ostentación no tiene valor en sí misma, es una inversión, es decir, la herramienta de la que se valen los ricos para obtener la aprobación (y algo más) de los demás. Dicho así no se sabe de qué hablo, pero os voy a contar dos anécdotas, una antigua y una moderna.

 


La antigua:
Los indios del noroeste de Norteamérica llevaban a cabo unas fiestas absurdas llamadas Potlach en las que se dedicaban a destrozar su patrimonio, generalmente, mantas, que tan útiles son en invierno. Las tejían costosamente a lo largo del año, y luego, en una fiesta apocalíptica, las quemaban en grandes montones como si aquello no tuviera la menor importancia. Esta actuación estúpida intrigaba a los antropólogos, hasta que Marvin Harris dio con la clave.

La principal actividad económica de los indios, o por lo menos la más rentable, era la pesca de salmón. Los salmones ascendían por los ríos para desovar una vez al año, y lo hacían en tal número que no daban abasto a pescarlos. La materia prima superaba con creces la mano de obra, para entendernos. Para atraer mano de obra lo que hacían los jefes eran grandes fiestas en las que ofrecían suntuosos regalos a todos aquellos que acudían. Los convidados, obligados por tamaña generosidad, participaban gustosamente en la pesca.
Los demás jefes reaccionaron y, para no quedarse sin mano de obra, contrarrestaban a esas fiestas con fiestas todavía más suntuosas, provocando una escalada demencial en la que ya, como medida de todo derroche, se dedicaron a quemar mantas y más mantas, como si les sobraran, para que los indios de los alrededores se hicieran una idea de lo que les regalarían si acudían. Si han quemado doscientas mantas, debían pensar, cuántas no me darán si voy. El resultado real era que, en lugar de vivir agradablemente el resto del año con el trabajo de unas pocas semanas, se dedicaban a tejer de forma febril mantas para luego quemarlas. La naturaleza era muy benigna con ellos, pero el infierno estaba en su cabeza.

 

Ahora una anécdota contemporánea, que leí en el libro Historia natural de los ricos, una lectura muy recomendable para los pobres:
Un ruso se compró la casa más lujosa de una urbanización de millonarios estadounidenses, gastó una fortuna en amueblarla y luego organizó una fiesta para sus vecinos que incluía manjares como lenguas de ruiseñor y tartas con un borde de oro auténtico. Un derroche en un entorno en el que el derroche es habitual no impacta, así que el objetivo de nuestro ruso era alcanzar cotas incomparables de derroche. No es que las lenguas de ruiseñor sean deliciosas, aunque nunca las he probado (ni pienso hacerlo, me da pena y asco). Lo importante de las lenguas de ruiseñor es que son pequeñas y escasas, y conlleva un esfuerzo abrumador obtenerlas. Y en cuanto a comer oro, ni sabe a nada, ni creo que la ingesta de metales sea conveniente para el organismo.
El caso es que el ruso se pasó la fiesta haciendo de buen anfitrión y dejando caer que era un mafioso que había obtenido una fortuna incalculable explotando sin límite los recursos de su país, y que quedaban todavía muchos recursos por explotar. Ante tamaña ostentación, los invitados le confiaron su deseo de invertir en sus empresas con el fin de obtener beneficios rápidos, y pasaron la noche firmando cheques.
Dos semanas después la mansión con todos sus muebles fue vendida, el ruso cobró los cheques, y todavía le están buscando.

 

Lo que nos dice aquel que ostenta con criterio es, soy una persona influyente, con buenos contactos, y me sobra el dinero. TENGO PODER. Esto se lee de distintas maneras dependiendo de quién sea el interlocutor. Lo primero que enseñan a los niños ricos es a diferenciar el oro de la bisutería, y los ricos no se dejarán engañar fácilmente por el brillo. Un rico te mira a la cabeza a los pies y calcula al céntimo el precio de tu coche, de tu casa, de tu mujer (o de tu marido) el precio de tu educación, si aparentas tener alguna, y por cuánto te desnudarías en público mientras saltas a la pata coja llevando unas orejas de burro.
En el caso de los pobres, que sólo vemos el oro en pintura, estamos desprotegidos ante el brillo. Inmediatamente, ya sea el tipo un auténtico rico o sólo lo parezca, nuestro radar “en busca de oportunidades” nos alerta, y acudimos a su lado como moscas a la mierda. Como poco, le sonreímos y le tratamos con respeto. Algunos incluso le ofrecerán la mano de su hija, le servirán a crédito o le tirarán la chaqueta a sus pies para que no se manche los zapatos en los charcos. Pero, pobres del mundo, pensemos un poco: si los ricos son ricos es porque no dan, sino que reciben, y si muestran algún interés por un pobre será para sacarle lo poco que tenga. Decimos de los ricos que son avariciosos, pero es que no les queda más remedio. Comprar un coche de los que conducen cuesta mucho y de algún lado hay que sacarlo. Dado que los ricos son avispados (o no serían ricos) la materia prima fundamental de los ricos son los complacientes, es decir, los tontos, es decir, los pobres.


Los ricos usan la ostentación como el pavo real su cola, de un modo estudiado, con un objetivo claro, y, si lo hacen bien, alcanzan su meta, aparearse con el dinero. La cola real no es un derroche, es una inversión. No hay más que ver su modo de vida: la ropa es incómoda, el golf es estúpido lo mires por donde lo mires (darle a una pelotita con un palo dudo incluso que sea deporte) y las mansiones son inhabitables, porque para mantenerlas necesitas compartirla con una servidumbre que lo que realmente desea es rebanarte el cuello la noche en que te duermas profundamente. Un verdadero rico, uno que ya no necesita hacer más dinero porque no podrá gastarlo ni él ni las doce generaciones que sus nietos den a luz, va en bermudas, practica el deporte que le gusta y vive en una cabaña en su propia isla del Caribe, junto a sus amigos de verdad. Y a ese ni le ves ni le sospechas.

 

Queremos lo que tienen los ricos, pero la riqueza tiene un precio. ¿Queremos pagar por ello, como ellos han pagado? No se puede pretender ser rico y luego dormir bien por las noches, o ser rico y no querer tratos con la mafia, o ser rico y que no haya alguien dispuesto a rebanarte el cuello por la pasta, incluso dentro de tu propia familia. ¿Por qué eran millonarios los estadounidenses estafados por el ruso? Porque no les importaba tratar con mafiosos con el objetivo de saquear Rusia, aunque los huérfanos rusos se mueran de pena y hambre en los hospitales de Moscú.
Alguno dirá que en este caso el más listo fue el ruso, que ahora es también el más rico, lo cual confirma mi teoría.

 

Pero la misma ostentación que pone a los pobres a los pies de los ricos tiene su lado oscuro. Suscita la envidia. Es por esto que, en cuanto el rico se da la vuelta, le meten una puñalada trapera. Si aparca el coche en la calle le pinchan las ruedas, si alguien puede fastidiarle impunemente lo hará, aunque con ello no obtenga beneficios materiales, sólo espirituales. Y la misma servidumbre que atiende sus deseos por el día se pone una media por la cabeza y le desvalija la caja fuerte por la noche. Ser rico es duro. Como el capo de la mafia estás solo, no puedes confiar en nadie, y aquel que parezca el más cercano, el que más te quiere, será el que te meta el tiro por la espalda.

 

Y ahora tratemos el verdadero asunto que nos ha traído aquí, el verdadero dolor: la envidia. ¿Para qué sirve la envidia? Por mucho que le rayes el coche, el coche sigue siendo suyo, y no tuyo. Por mucho que le jodas, tú sigues igual de jodido. La envidia daña al envidiado, pero daña más al envidiador. El envidiador se pasa toda la vida machacado, porque hay mucho que envidiar. Las pantorrillas de los ciclistas, el iris azul de las suecas, la mujer del tercero y el hombre del quinto, las bolsas de basura con asas del vecino... Y el pelo rojo de las pelirrojas y la melena morena de las morenas, y ambas cosas al mismo tiempo. Es decir, todo lo que él no tenga, y no se puede tener todo, porque Dios no da cheques en blanco.
Si no quieres pasar toda la vida jodido desde dentro (porque el envidiador tiene al enemigo dentro) lo primero que tienes que pensar es que todo bien tiene un precio, y si tú no tienes ese bien es porque has invertido en otros. Si quieres tener pantorillas de ciclista tendrás que hacer ciclismo, y si quieres tener los ojos azules te tendrás que comprar lentillas coloreadas. Además, si juntaras partes de aquí y de allá lo que te saldría es el monstruo de Frankenstein, y tú no quieres ser un monstruo. Los ricos no duermen por la noche, porque, aun en el caso de que tengan conciencia, hay miles de personas haciendo cola en la puerta para joderles o para robarles en cuanto se den la vuelta. Si tú duermes, ya tienes algo de lo que ellos carecen, porque no todo se compra con dinero, en especial la seguridad, pero también los amigos, los enemigos, el amor, en fin, lo que de verdad nos hace felices. (Sí, los enemigos nos hacen felices porque constituyen un reto, algo de lo que podemos aprender, otra visión de nosotros mismos, y porque del odio al amor hay un paso... yo siempre digo que prefiero ser odiado a resultar indiferente).
Envidiando el bien de otro lo único que obtienes es tu propio mal. Compréndelo.

 

Recordemos a Diógenes. Diógenes es un mendigo de Grecia del que se dice que pedía a las estatuas para acostumbrarse a que nadie le soltara una moneda en su escudilla. En estas llega Alejandro Magno y se lo cuentan. "Alejandro, en esta ciudad hay un loco que dice que está contento de ser pobre". Y Alejandro le suelta a la guardia, "Chavales, venid pacá, que nos vamos a echar unas risas con el idiota éste". De modo que interpone su caballo ante él y le dice desde arriba, con voz de barítono, "Pídeme lo que quieras y te lo concederé". Y Diógenes le contesta, "Vale, listillo, pues apártate, que me estás tapando el sol."


¿Qué pasa, que Diógenes no quería tener un reino, un cofre lleno de oro, una plaza de funcionario? Sí. Pero Diógenes es listo. Sabe que Alejandro Magno no le va a dar una mierda, diga lo que diga, porque Alejandro no se ha convertido en Magno regalando reinos por doquier. Diógenes ha invertido todas esas riquezas ilusorias que Alejandro dice ofrecerle, pero que no suelta, y las ha invertido en prestigio. Lo que diferencia al sabio es que no gasta, invierte.

Aunque la historia no lo dice, al día siguiente la voz de que Diógenes ha humillado a Alejandro circula de boca en boca, y sus propios conciudadanos, que en realidad odian a Alejandro porque le envidian, sienten de repente una admiración sincera por Diógenes, y le sueltan monedas a manos llenas en la escudilla. Y se las sueltan hoy, mañana, y pasado mañana. Y además, Diógenes se ha ganado un hueco en nuestra memoria, y en ella vivirá para siempre. Alejandro también, pero a veces dudamos de si Alejandro no será en realidad un genocida sin escrúpulos o un loco. La dierencia entre locura y sabiduría es fina como un cabello, y en este caso Diógenes le ha dado la vuelta a la tortilla: el loco es, claramente, Alejandro, por Magno que sea, y lo es por su manía de ir matando sin ton ni son para conquistar reinos, y para qué, para luego regalárselos a Diógenes, que es feliz así como está. De Diógenes pensamos que era un tío, sencillamente, admirable. Quién tuviera huevos o astucia para ser Diógenes.

 

 

Paso 7 para ser feliz: piensa en lo que tú tienes, no en lo que tienen los demás. Es el único modo de disfrutar de lo que posees y de evitar sufrir tontamente por aquello de lo que careces. Porque si careces de ello es porque así lo has escogido. Existe la envida sana, como la que yo siento por Diógenes, pero no se llama envidia, se llama deseo de emulación.

Todo esto está muy bien, dirás, pero si te meto 18.000 euros en tu cuenta corriente, como un Alejandro cualquiera ¿a que no me dices que no? Pues ya te contestaré cuando los tenga en mi cuenta.


Javier Arriero