Cómo ser feliz, paso 7:

Cágate en los pantalones

Esta semana sería de mal gusto recurrir a una imagen para ilustrar mis argumentos, y además, como dicen mis lectores, prometiste no recurrir a imágenes, debes ser coherente. Yo creo que la incoherencia aporta mayor riqueza interior y refleja una interesante complejidad.

hasta que no te has cagado en los pantalones no sabes lo que significa ser humano. Cagarse literalmente, me refiero, y perdonen por lo de literal.

Antes de este hecho determinante te puedes hacer una vaga idea acerca de los conceptos de miseria y de grandeza, pero la miseria y la grandeza que tienes en la cabeza son dos formas de lo mayestático. Hay una épica de lo claro, y hay una épica de lo oscuro. Desde Darth Vader hasta Luke Skywalker, desde el Imperio Persa hasta los espartanos que defendieron el paso de las Termópilas. Para entendernos, lo que nos inculcan acerca del ser humano se nos presenta como una superproducción de Hollywood. Y para nada. Creo que lo que nos define con mayor precisión es la serie B y El show de Benny Hill. No hay guerra que soporte un chiste de Gila, y aún diría más, si el gobierno de la nación se lo das a Gila o a Aristófanes, de seguro que no hay guerra. Gila y Aristófanes convierten las admiraciones en interrogantes, y como todo el mundo sabe es imposible ser un héroe y hacerse preguntas.



Esta filosofía de la admiración te lleva a considerar que da igual lo que hagas, siempre y cuando sea épico. Grandes alegrías o grandes sufrimientos, lo que sea, pero grande. Que aparezcas en la foto con la mirada fija en el horizonte de la historia, en ese punto que sólo puedes ver tú, porque estás rodeado de miopes. Y, si me apuras, mejor estar del lado oscuro, porque al final Darth Vader y Hannibal Lecter contienen más épica (o por lo menos generan más películas) que, por ejemplo, Nelson Mandela, u Olof Palme. Si Olof Palme hubiera sido un genocida, de seguro que ya le habría interesado a alguien averiguar quién lo asesinó a la salida de un cine cuando paseaba con su mujer y su hija.



Pero esto es historia. Es decir, esto era antes. En una lectura más actual, la ética es un politono y el ser humano es un producto. Lo dijeron bien claro el otro día por la televisión. Tú eres un producto, dijo el sujeto en cuestión, un gurú con gafas, mirando fijamente a una persona. Yo no quiero venderme, y me vino a la cabeza la canción de Sabina: maldito sea el gurú que levantó entre tú y yo un silencio oscuro, del que ya sólo sales para decirme, vale, déjame veinte duros. Y me dije, vale, déjate veinte duros.
Cuando uno establece su relación con la realidad a través de los hipermercados, en lugar de alma tiene marca, y acaba convirtiéndose en otro producto para poder comprar productos. ¿Y qué es un producto? El packaging, es decir, el cuerpo físico imprescindible donde sustentar la marca. En Estados Unidos están investigando con el objetivo de lograr fabricar el alma sin cuerpo, es decir, la marca sin producto, lo que nos liberará de las roturas de stock. Todavía no lo han conseguido, pero están a punto.
La televisión, junto a los hipermercados, es el otro gran generador de realidad. Al ser el único medio de comunicación con audiencia, es también el único válido. ¿Y cómo te conviertes en un producto televisivo, que es el que más vende? Da igual lo que hagas, mientras seas rico. O da igual lo que hagas, mientras seas famoso. O apareces en la revista Forbes, o apareces en los programas del corazón, o apareces con la polla de un caballo en una película porno, pero el caso es aparecer, porque, como dice el marketing, esa religión visual, lo que no se ve no existe. O sea, que tú y yo, en la práctica, no existimos.
Lo que cuenta es la épica, o su sustitutivo actual, el glamour. Hay un glamour con alfombra roja y hay un glamour con carpa de circo, hay un porno casero y hay un porno de silicona, pero glamour, siempre y ante todo. ¿Y qué es el glamour? aquello en torno a lo cual es imposible elaborar un pensamiento. Yo veo aparecer en la tele una cara que me suena y no sé si el dueño de esa cara tiene un monopolio energético, se ha acostado con un torero o si la clave va a estar en el bulto de su pantalón. No lo sé y no puede importarme porque es inane, es decir, glamouroso, es decir, es imposible meditar sobre ello. Así que no sé si es bello o malvado, pero lo que tengo claro es que el tipo en cuestión es alguien. Sin importancia, sí, pero existe, y la prueba es que ahí está, en la estantería del hipermercado.



Y ante esto es lógico que cuando te mires al espejo por las mañanas, con esa cara de pequeño electrodoméstico y esos debates morales que mantienes contigo mismo y que crees que son moles arquitectónicas cuando no son más que maquetas de palillos, te digas: pues no sé si pedir cita en corporación dermoestética, atracar un banco o a acostarme con la mujer barbuda, porque no tengo claro si existo. Recurres a Descartes. Vale, puede que pienses (cada vez menos, porque duele) y que por tanto existas, pero siempre habrá algún enterado que te diga, si existes, ¿por qué no sales por la tele, como Dan Brown? ¿eh, listillo?


Ante esta hiperrealidad de mercado cagarse en los pantalones es el único acto genuinamente humano que nos queda. Terriblemente humano, podría decirse, sí, y feo y maloliente, pero mucho más humano que los labios de Pamela Anderson. Durante toda la historia, esto de cagar ha sido visto con la naturalidad que tiene. Si comes, cagas (es más verdad que lo de Descartes). Y nos hemos pasado miles de años cagando tranquilamente en público. Como los griegos y los romanos y los caballos y los pájaros que surcan el cielo.
Un amigo mío dice que deberíamos llevar pañales y apretar cuando nos vinieran ganas, aunque sea en mitad de las conversaciones. Pues claro. ¿De dónde viene este pudor mal entendido? creo que se lo debemos a Platón, que inventó la dualidad espíritu/materia, es decir, marca/producto, y las trató como opuestos. Calzar Nike, bueno. Cagar, malo. Conseguir lucir la marca Nike yendo descalzo, el colmo de la espiritualidad, vas al cielo de los champús de fresa. Cagarte en los pantalones, lo peor de lo peor, vas al vertedero. Platón es un tipo asombrosamente profundo y cegadoramente brillante, sí, pero no sabéis cómo lo detesto. Porque al final lo que hemos conseguido es convertirnos en sombras de lo humano proyectadas en la caverna de corporación dermoestética.




Creo que en toda vida hay un instante sublime que te conecta definitivamente con lo que es humano. Con todas las generaciones precedentes y con todas las generaciones venideras, y también, de un modo indescriptible, con tu propio yo. Un momento de lucidez extrema en el que todo ser humano descubre lo que significa la palabra soledad, la palabra vida y la palabra humano, y ese momento de verdad extrema es el de la muerte. Pero sólo podemos morirnos una vez para acceder a esa experiencia, y cuando accedes no puedes aprovecharla porque es irreversible y sólo te queda arrepentirte de tus actos. Es decir, de haber dado importancia a aquello que, ahora lo ves claro, no la tenía. Bajo esta luz, el glamour es pecado. Siempre.



La otra circunstancia, saludablemente reversible, que te conecta de ese modo inequívoco con la verdadera esencia de lo humano, de lo colectivo y a la vez de tu verdadero yo, es cagar. Pero cagar en el rincón vergonzante destinado para ello sigue siendo proyectarte a ti mismo como una sombra en una caverna. Cagarte en los pantalones, en cambio, destroza tu vanidad, es decir, tu imagen de marca, y a través de algo tan palpable y tan cierto como el olfato, destroza la imagen que tiene de ti el consumidor, es decir, derroca tu personalidad. Es un golpe duro, porque ya nadie te compra. Pero es un golpe que te desnuda de la vanidad impuesta y autoimpuesta y te deja con el culo al aire y el amor propio en su justo nivel. Un golpe que te atraviesa definitivamente el escudo de la personalidad para dejarte a solas con lo que realmente eres, con tu carácter.



Todas las grandes religiones vienen a decir lo mismo: para alcanzar la sabiduría y atisbar la idea de lo divino debes despojarte de tu ego. Y para despojarte de lo que crees o pretendes ser, qué mejor acto que cagarte en los pantalones. Es un momento liberador, de una autenticidad arrebatada, un instante elevado, místico.

 


Ten en cuenta esto: el ego, esa idea épica, de marca, de ti mismo, sólo puede aportarte sufrimiento. Es como tener un hermano mayor. Sufres por estar a su altura, y cuando llegas a su altura el placer te dura poco, porque tu siguiente interés es rebasarle. Y cuando le rebasas, tras un instante de placer, descubres que el ego te ha vuelto a subir el listón. Ya no estás a la altura de ti mismo, tienes que seguir, arriba, arriba, más alto, más lejos, más fuerte, para obtener más ventas y más audiencia. Y si algo me ha enseñado el western es que, por muy rápido que seas, siempre, en alguna parte, hay un pistolero más rápido esperándote. Y así es como acabas muriendo o matando tontamente en algún paso de las Termópilas que probablemente sólo habita en tu cabeza.



Sueña el rey que es rey... si tiras del brazo de la vanidad, lo que te sale es el complejo, y ninguno de los dos existen más allá de la caverna. Escucha a Faemino y Cansado, que serán los que desvelen de qué está hecho el traje nuevo del emperador y las zapatillas de deporte.

 

Siendo sincero, porque este blog me obliga a ello, debo confesar con cierta vergüenza que nunca me he cagado encima, aunque varias veces he estado a punto. Con a punto quiero decir que casi no me da tiempo a bajarme los pantalones, así de a punto. El simple hecho de rozar esa tragedia tan genuinamente personal me ha permitido atisbar lo que hay al otro lado de esa puerta. Si veis que en mitad de una conversación aprieto, no me toméis por loco. Es probable que me haya decidido por fin a liberarme de mis miserias para mirar cara a cara a lo divino. Y afrontar, por fin, el duro deber de dejar de ser un producto en una estantería y comenzar a existir.

 

Paso 7 para ser feliz: cágate en los pantalones. Y ya está.

Javier Arriero