Estrategias para ser feliz, paso 6:

La generosidad bien entendida empieza por uno mismo

Para comprender este hecho, voy a contar una historia aproximadamente real.

Solemos pensar: en el mundo estoy yo, y aquellos que no soy yo son los demás. El protagonista de esta historia que voy a contar es una persona, y es la persona X. Debes recordar que la persona X eres siempre tú.

 

Debido al enfrentamiento con algo que sólo cabe definir como estupidez estás en paro. No sabes cuánto tiempo te durará el dinero. Vas con esa angustia al supermercado. En la puerta del supermercado hay un mendigo que te pide una caja de leche. A primera vista no te reconoces en él. El mendigo parece otra persona y una persona, además, deleznable. Tu primer pensamiento es, que trabaje, porque en ese momento estás atrapado en un pensamiento binario: trabajar o no trabajar.
Pero el mendigo también eres tú. Hubo un momento, hace diez años, en que te ofrecieron anfetaminas. En ese momento rechazaste la invitación. En ese momento aceptaste la invitación. El tú que no la probó es el que está en paro. El tú que la probó es el que pide la caja de leche a la puerta del supermercado.
Como sabes reconocer la necesidad porque te pisa los talones, compras la caja de leche y se la das al mendigo. Así que ese día él, es decir, tú, desayunas.
Después de desayunar vas en busca de otra dosis. Ves a una anciana sola en una calleja oscura. Estás atrapado en una disyuntiva en la que eres el único protagonista: ponerte o no ponerte. Nada hay fuera de ti o de ese hecho que importe. Al fin y al cabo no vas a hacerla daño, sólo se trata de producirle el miedo necesario para que suelte el monedero. Pero sabes lo que es el miedo porque duermes en un banco temiendo que un grupo de animales llegue por la noche, te rocíe con gasolina y te prenda fuego. En realidad, todo el género humano se comporta contigo como si tú fueras un animal, así que se trata de dar un susto al animal que es la anciana. Pero te acuerdas del tipo de la caja de leche, que no sabes que también eres tú. Y en lugar de asustar a la vieja, te sientas en una esquina y te pones a pedir, aunque sabes que vas a retrasar demasiado la dosis y te va a doler.



Tú eres una frágil anciana guardiana de la moralidad que con Franco creías vivir mejor, porque no has recibido educación ninguna. En esa época gloriosa no había en la calle ni moros ni negros ni drogadictos, que tanto miedo dan. Y el miedo se ha transformado en asco, porque estás amargada. Y estás amargada porque el único horizonte que te han permitido ha sido encontrar un marido al que lavarle los calzoncillos. Pasas delante del drogadicto que pide y no le das nada, porque se ve que es un drogadicto. Antes de que llegues a casa con la compra te hacen una encuesta. En la encuesta te preguntan si estás a favor de que se encierre a los drogadictos en las perreras municipales. Vas a decir que sí, pero después de todo el drogadicto que pedía no hacía daño a nadie, y sabes lo que es una perrera, porque tú misma llevas treinta años metida en casa. Así que contestas: No.


Eres el político que recibe el resultado de las encuestas. Podrías ser la vieja y lavar los calzoncillos de tu marido, pero naciste hombre y recibiste una buena y cara educación (religiosa, porque no había otra) cuando nadie la recibía, por lo que se te han ido abriendo todas las puertas. Podrías haber probado la cocaína, pero tus convicciones religiosas te lo impidieron. Descubres, con cierta alegría, que encerrar a los drogadictos en las perreras es una medida popular, aunque hay voces en contra. Necesitas subir dos puntos para ser reelegido. Te das una vuelta con el coche oficial para contactar con la calle y ves a los drogadictos pidiendo en las esquinas, con la de enfermedades que tienen. Son un problema de sanidad, decides. Esa tarde vas a misa y te confiesas, y tienes mucho que confesar, porque tienes una amante. El sacerdote te dice que estás condenado, vas a ir al infierno, y no hay nada que puedas hacer para remediarlo, como no sea que abandones a tu amante. Vuelves a recorrer las calles con el coche oficial. Sabes que no eres capaz de dejar a tu amante. Es como una droga, piensas. Y entonces miras de otro modo a los drogadictos. Propones una ley en la que, en lugar de encerrar a los drogadictos, se les rehabilite mediante programas de inserción social y metadona, aunque te arriesgas a perder las elecciones.
Dos días después, recibes una llamada del INEM y te ofrecen trabajo para apoyar psicológicamente a las personas drogodependientes. Dos días después, los narcotraficantes del otro lado del mundo se quedan sin trabajo. Dos días después, un grupo de voluntarios de la cruz roja llega a la puerta del supermercado con una caja de leche y una dosis de metadona para aliviarte el dolor del mono. Dos días después te asomas al balcón a tender las sábanas y en la esquina en la que antes había un drogadicto hay una persona. Dos días después te divorcias de tu mujer y fijas fecha de boda con tu amante y el sacerdote te abre las puertas del cielo.



También podemos volver atrás: tú no te compras a ti mismo esa caja de leche...


El paso de esta semana está dedicado a mi amigo Gaby, que entiende perfectamente a qué se refiere Earl cuando habla del Karma. Y a mi amigo Andrews, que da a quien pide, aunque sea para droga.

 

Paso 6 para ser feliz: el mejor modo de ser egoísta es ser generoso. Todos somos la misma persona en diferentes circunstancias. Dejaremos de jodernos en cuanto hagamos el esfuerzo de entendernos.

Javier Arriero