Estrategias para ser feliz, paso 5:

Sé piadoso con los demás y contigo mismo: miente

La imagen refleja una metáfora de la mentira piadosa en plena acción. Como puede comprobarse, tiene las patas cortas, los brazos largos, se anda siempre por las ramas y raramente toca el suelo. Es muy reflexiva, pero su mejor virtud es que es absolutamente inofensiva. Incluso cariñosa. De hecho, si te ve, te abraza y ya no te suelta.

 

Mi madre me enseñó a decir siempre la verdad. Una vez fui a coger un duro de su monedero para comprar cromos (cuando había duros y cromos) y en lugar de cogerlo corrí a delatarme. Soy lo peor: un chivato de mí mismo.

Lo de decir siempre la verdad está muy bien si de mayor te vas a convertir en un ermitaño y vas a vivir en una cueva mientras los pajaritos te traen alimentos en el pico. Pero si tu vida se va a desarrollar en sociedad tú prueba a decir siempre la verdad, a ver si sobrevives. Por ejemplo, estaba esperando el ascensor en la oscuridad y di la luz, y apareció justo ante mis ojos una vecina con la expresión de la niña del exorcista (con el consiguiente susto) para decirme que el ascensor se puede esperar en la oscuridad, que estoy promoviendo un derroche de electricidad insensato que luego pagaría ELLA, porque yo sólo soy “un alquilado” (léase “un alquilado” en el tono en que se diría “un yonqui de mierda”, con perdón de los pobres yonquis) sin mencionar la contaminación de las plantas nucleares ¿ES QUE YA NO NOS ACORDAMOS DE LA CONTAMINACIÓN DE LAS PLANTAS NUCLEARES? Si hubiera hecho caso a mi madre le habría contestado “¡En el nombre de Cristo, regresa al averno, bruja asquerosa!”. Entonces podrían haber pasado dos cosas:

a) Tienes suerte y la vecina poseída se dedica a robarte el felpudo, cubrirte de pintadas satánicas la puerta y meterte zurullos en el buzón, y olvídate de poner parabólica porque ya se ha encargado de que la comunidad de vecinos te considere una especie de monstruo depravado.

b) No tienes suerte y la vecina hórrida y quizá esquizofrénica, que hasta ese momento se ha limitado a esperar el ascensor en la oscuridad notando crecer un inmenso vacío de su interior, encuentra un sentido a su vida y ese sentido es aniquilarte, para lo cual no repara en medios, ni siquiera eléctricos, y lo que podría haber sido un simple acoso se convierte en una tragedia griega en la que al final mueres electrocutado, porque además de poseída, tiene un delicado gusto por la justicia poética.



La única salida para escapar de lo que se anuncia como un drama de la España profunda es mentir. La verdad es que es una, pero lo bueno de la mentira es que hay muchas. Yo pensé durante un momento, miré en mi interior y elaboré ésta:
“No soy alquilado”.
Por ejemplo. Y eso lo habría solucionado todo. Nos solidarizaríamos por el alto importe de las facturas de la comunidad y prometeríamos solemnemente respetar la oscuridad de la noche en beneficio de nuestras cuentas bancarias, y confabularnos para hacer la vida imposible a la chusma de alquiler.
Pero no es eso lo que hice. Miré en mi interior, y como venía de trabajar, estaba tan cansado de mentir (y hasta de respirar, si a eso vamos), que comprobé que mi vacío interior probablemente superaba al suyo. Pensé que lo mismo un combate a muerte me animaba un poco la vida, o me la quitaba, que para el caso me valía también. Así que le dije:
“Doy la luz porque me sale de los cojones”.
Y también me funcionó, porque la criatura infernal, viendo que lo mismo se estaba midiendo con algo peor que ella misma, decidió retroceder hacia la penumbra, rogando que no me enfadara y pidiéndome disculpas.
Ahora, estos pulsos de a ver quién tiene la desolación más grande sólo lo recomiendo en situaciones extremas.



De todos modos, a medida que me iba insertando en la sociedad (nunca completamente, todo sea dicho) llegó un momento en que, tras medirme con fuerzas muy superiores en número, llegué a la conclusión de que lo más viable, a un nivel económico, era dejar de lado las enseñanzas de mi madre y me propuse aprender a mentir por mí mismo. Primero mentía ante el espejo, a ver si es verdad que se me notaba. Y se me notaba. Pero soy un tipo perseverante, así que, poco a poco, conseguí mentir a los conocidos, luego a los amigos, luego, por fin, a mi madre, y lo hice tan bien que durante años me creyó incapaz de ello.
Hecho esto, el siguiente paso llegó sin buscarlo; conseguí mentirme a mí mismo sin enterarme. Vale que a la larga es contraproducente, pero si no eres perfecto, es de una piedad extremada, y hasta el catolicismo ve con buenos ojos la mentira piadosa. Al final la verdad emerge en toda su desnudez, cierto, pero de momento tienes algo con qué vestirte y te puedes mirar en los espejos. Y además, te puedes vestir con lo que quieras. Como si siempre fuera carnaval.

 

No puedo decir que haya alcanzado un gran nivel en esto de mentir, porque la competencia es alta. Yo tengo amigos que entran en los supermercados, se llenan los bolsillos y antes de pasar ante los arcos detectores saludan toreramente con la mano, para admiración de sus esposas. Algunos lo consideran reprobable, pero hay que tener en cuenta que los supermercados nunca pierden dinero: si les roban, repercuten lo robado en el precio. Así que o robas tú también o pagas por lo tuyo y por lo robado. Armado con esta filosofía yo mismo he intentado alguna sustracción, pero el hurto no es lo mío. Se me nubla la vista al pasar ante la cajera, y o pago o me desmayo. En cuanto a mi esposa, que estudió en un colegio de monjas, sale corriendo aterrada a buscar a un guarda jurado para rogar que la detengan. Espero que nunca nos falte trabajo legal, porque en las empresas de trabajo ilegal no superaríamos ni la entrevista.

 

Tengo un amigo que se presentó a trabajar en una imprenta. ¿Tienes ganas de trabajar? Le preguntaron, y contestó: NO. No sé vosotros, pero yo trabajo para vivir.
Y le dieron el puesto, pero para eso necesitas que el entrevistador sea inteligente, y esa es una cualidad rara.

 

Cuando en el capítulo anterior afirmaba “Di lo que sientes”, me refería, única y exclusivamente, a los sentimientos positivos, que todo hay que explicarlo. Yo tenía una tía que según llegaba te decía: “buenas tardes, eres un mequetrefe”, y luego añadía, es que yo soy muy sincera, voy con la verdad por delante. Ser sincero es una virtud, pero es una virtud que hay que ponderar, le decía yo, con paciencia.
A lo que íbamos: no hace falta ser sincero en todo momento. Ni hace falta, ni te lo piden, ni en la práctica se puede. Porque al tercer arrebato de sinceridad de mi tía me divorcié de ella, y puede dar gracias de que en ese momento tenía aficiones, porque en caso contrario habría muerto electrocutada.

 

Plantéate esto; si el de enfrente no te ha pedido que seas sincero, no lo seas. Si te insiste, avísale de lo que se puede topar bajo la falda. Si todavía te insiste más, piensa por él, ya que se ve que él no piensa, y considera si lo que le vas a decir le va a servir para algo, por ejemplo, para mejorar como persona o para tener amigos. Si la respuesta es NO, y por alguna razón que los demás no entienden quieres conservar su amistad, hazle un favor: miente.
Y un aviso aún más importante: si tu jefe te pide que seas sincero, aunque te lo pida mil veces, considera que nunca te lo está pidiendo realmente. Si quisiera saber la verdad no te la preguntaría en su despacho, te la preguntaría en la calle, donde todos somos más o menos iguales. A lo sumo, lo que te pide es que quites un par de capas a la cebolla de la mentira. Pero nunca se las quites todas porque primero llorará él, pero luego llorarás tú, y durante más tiempo.

 

Cuenta las veces que mientes desde que te levantas hasta que te acuestas. Mil. Ahora, si te van los deportes de riesgo, haz la prueba; levántate un día y empieza a soltar verdades como puñetazos, empezando por la dirección general. A ver lo que tardas en hacerte ermitaño y vivir en una cueva.
Y ya te aviso yo que los pájaros no te traen comida en el pico.

PASO 5 PARA SER FELIZ: Miente sólo cuando sea necesario, pero cuando sea necesario, miente.
Quien se haya creído que esto iba a ser un conjunto ingenuo y bienintencionado de consejitos de autoayuda, ya ve que se equivocaba. Vivimos en una sociedad que ni es ingenua ni es bienintencionada ni es inteligente. Si la gente pudiera ser siempre sincera y buena, también sería más feliz, y entonces esta sección sobraría.

Javier Arriero