Estrategias para ser feliz, paso 4:

Di lo que sientes

 

 

Por petición popular, y porque viene a cuento para hilar el tema de la semana, voy a contar qué sucedió cuando James Joyce y Marcel Proust, dos de los mayores genios de la literatura del siglo XX, se encontraron. Hasta ahora circulaban sobre el asunto una serie de leyendas, pero se ha publicado un libro (A Night in the Majestic: Proust and the Great Modernist Dinner, del historiador inglés Richard Davenport-Hines) que trata de sustituir el mito por la historia.

La idea de provocar ese encuentro partió de un excéntrico matrimonio inglés , Sydney y Violet Schiff, a los que se les ocurrió sentar en la misma mesa de un hotel parisino a James Joyce, a Marcel Proust, a Pablo Picasso y a Igor Stravinsky, a ver qué pasaba. Lo que pasó fue algo completamente inesperado, por supuesto.

Picasso llegó con un pañuelo anudado en la cabeza y eso es todo lo que dijo. Después hizo su aparición James Joyce, borracho y con un traje inapropiado (léase barato). Comenta algo referente a la inutilidad de los trajes y eso es todo. Proust aparece a los postres, envuelto en un abrigo de piel que es probable que no se quitara en ningún momento porque era hipocondríaco y estaba convencido de que una leve corriente de aire podía matarlo. Proust se sienta al lado de Stravinsky y suelta un elogio acerca de Beethoven, que es lo que supone un escritor que debe hacer ante un músico.
- Detesto a Beethoven, dice Stravinsky.
Sydney Schiff pide a Picasso que retrate a Proust. “Le llevará poco más de una hora”. Picasso hace lo que Beethoven: como que no le escucha. Mientras, Joyce ronca en un rincón. Cabe mencionar que Joyce no ha leído a Proust y Proust no ha leído a Joyce. De todos modos, a Joyce le despiertan para animar la conversación, pero no se sabe muy bien si Proust le preguntó si le gustaban las trufas de chocolate y Joyce dijo que no, o si le enumeró una lista de aristócratas franceses, por si los conocía. No los conocía.
- Tengo jaqueca, dijo Joyce.
- Eso no es nada comparado con mi dolor de estómago, dijo Proust.
Proust propuso seguir la fiesta en su casa y se subió a un taxi. James Joyce subió tras él, aunque no fue invitado. Joyce se puso a fumar y bajó la ventanilla. Proust, tosiendo sin parar, vio venir la muerte en forma de corriente de aire, y cuando llegaron a destino indicó al taxista que se llevara a Joyce a su casa, o a cualquier otra parte, pero lejos de allí.
Varios años después, se le oyó a Joyce comentar: “Si al menos hubiéramos tenido la oportunidad de encontrarnos y conversar en algún otro sitio...”. A lo que yo añado: habría pasado lo mismo.

Y es que sólo a un novelista mediocre, como Sydney Schiff, se le ocurre que juntando a cuatro artistas sublimes se puede llegar a alguna clase de apoteosis. Es lo que yo digo en los bares cuando me preguntan de qué va la novela: si yo pudiera contarla entre cerveza y cerveza ya lo habría hecho, en lugar de escribirla, y me habría ahorrado tres años de insomnio. Como Picasso sabía muy bien, las cosas que merece la pena contar, cuesta contarlas. Para eso se inventó el arte. Y su silencio fue sumamente elegante, porque pedirle que pintara a Proust en un rato es pedirle que se comporte como un mono en una feria.

 

Pero más allá del arte, las cosas que merece la pena contar, cuesta mucho contarlas. La mayoría de lo que hablamos, incluido yo, es ruido. Vivimos en una concha de ruido. El lenguaje parece que se inventó para la cortesía, y no para el sentimiento. Más bien parece que lo inventara John Wayne o el mismísimo Rambo para poder ocultarlo. Y lo sabemos. Cuando los fantasmas vuelven con la imperiosa necesidad de contarnos algo desde el otro lado no hay contacto real, porque esas dos fronteras nunca se traspasan; los fantasmas suelen decirnos cosas abstractas, sentimentales y bienintencionadas como sed buenos, os quiero mucho, no temáis, esto es la gloria, y nosotros les preguntamos por claúsulas del testamento, si allí donde está existe el orgasmo o dónde demonios dejaste las llaves del coche, que llevo dos meses buscándolas. El castellano tiene seis palabras para designar al guarro y sólo una para designar al amor, y eso que no hay dos amores iguales, y del amor también lo aprovechas todo, hasta el desengaño.

 

Como supongo que en el más allá, por lo que mencionan los fantasmas, se obtiene un merecido descanso, yo ya voy contando siempre que puedo lo que siento para no tener que volver a este cansino mundo envuelto en candor y que me reprochen que a quién dejé en herencia los derechos de autor. Aprovecho las navidades, donde puedes hablar de sentimientos sin que nadie ponga en duda tu virilidad, pero también me valen los cumpleaños y cualquier momento tonto en que se pueda meter una cuña sin que te miren raro. De esta forma, todos mis seres queridos saben que les quiero. Porque al final, si te descuidas, no te hace falta acabar en el más allá para arrepentirte de lo que no dijiste. Es bastante probable que tu novia o tu novio o tus amigos te abandonen mucho antes. Si te parece que el campo semántico de los vinos es rico (que al final todo es roble y frutos rojos) tú adéntrate en el de los sentimientos y verás qué universo se te abre. Los que te rodean te lo agradecerán, y además te recompensarán en este mundo, que nunca se sabe.

 

Paso 4 para ser feliz: di lo que sientes (y a ser posible, siente lo que dices). Hasta los animales tienen sentimientos. ¿Acaso eres tú del reino mineral?

Por cierto, Ana, una y mil veces te lo diré: nuestro amor es tan grande que sólo cabe bajo las estrellas. Hasta el infinito y más allá, porque detrás de la última palabra sólo puedo imaginar puntos suspensivos...

Javier Arriero