Estrategias para ser feliz, paso 3:

Si a ti algo te hace feliz, ¿a quién le importa?

Esta semana he viajado en el tiempo y me he sacado una foto con James Joyce. A mí me hacía feliz y a él no le importaba. Algún día os contaré lo que ocurrió el día en que se encontraron James Joyce y Marcel Proust y de qué hablaron dos de los mayores genios del siglo XX.
Por razones ya dadas cuando se creó el universo y que no he logrado invertir todavía, pese a mis esfuerzos, no hemos podido cruzar ni una palabra, pero si existe el cielo, me voy a hinchar a pintas con él.

 

Mi padre me mira poco. Me refiero a mirar con curiosidad, con deseo de indagar, con una mínima piedad, como se mira a las personas. Me mira poco, pero me miró dos veces dos.

La primera vez que me miró alzó un dedo y exclamó solemnemente, “hijo, escucha con atención porque te voy a decir lo que me dijo a mí mi padre cuando tenía tu edad”.
Dios mío, pensé, los Arriero tienen un secreto ancestral que se transmite de generación en generación, y por fin soy merecedor de él. Y he de decir que los Arriero son mucho más felices que la media. Así que abrí las orejas de par en par, esperando esa clase de conocimiento infalible, condensado en una frase, que te acompaña y te guía en todas las dificultades. "Escucha bien" - me dijo, con el dedo todavía levantado - "tres cosas frías hay en la vida: el culo de una mujer, el hocico de un perro..."
y la tercera no recuerdo cuál era. Para satisfacer la lógica curiosidad de los lectores se lo he consultado, y me ha dicho que cómo he podido olvidarlo, que eran las manos de un barbero.
Y en aquel momento, una vez dictado el veredicto, se quedó pensando largamente sobre aquello, como si contuviera la máxima sabiduría a la que un ser humano puede aspirar, lo cual quizá sea cierto. En fin, yo no sé si alguien podrá hacer algo con eso, pero por si acaso ahí os lo dejo. Lo mismo contiene una clave cifrada que indica el mapa de un tesoro, pero conociendo a mi padre, diría que no hay más donde rascar.

La segunda vez que me miró mi padre estaba absorto en la televisión cuando apartó los ojos de la pantalla, los posó sobre mí y dijo, sacudiendo lentamente la cabeza, con una definitiva tristeza: "no te gusta pescar. No te gusta el fútbol. Lo que te vas a aburrir en esta vida... "

Y es que a mi padre le pasaba lo que nos pasa a todos, también a mí; no concebimos más forma de felicidad que la nuestra. Tampoco yo logro comprender por qué alguien con sentido común se levanta a las cinco de la mañana en su único día libre y recorre 80 kilómetros para sentarse a la orilla de un río, en medio del frío y la humedad, esperando a que pique un pez que ni siquiera se va a comer. Es un considerable esfuerzo para matar por matar. En cuando al fútbol, nunca he conseguido sentirme plenamente de ningún sitio, por lo que no soy capaz de tener equipo. Y como no soy capaz de tener equipo, todo el aparato mítico y dialéctico del balompié se me viene abajo. Lo que yo veo es un número indeterminado (creo que veintidós) de hombres en calzoncillos corriendo detrás de un balón. He pedido que me lo expliquen, porque seguro que me enriquece, pero siempre me dicen que eso es como el amor, que no se puede explicar, que hay que sentirlo.

Por lo menos lo he intentado. En cambio, mi padre era incapaz de concebir que yo pudiera encontrar placer en, por ejemplo, los libros, y que gastar tiempo o dinero en ello era una excentricidad absurda. La diferencia es que yo traté de comprender el fútbol, y él nunca trató de comprender qué contenían los libros para que fueran capaces de alterarte el pulso.

 

Esto me sirve para ilustrar lo siguiente: si a ti te hace feliz, y no haces daño a nadie, CUALQUIER TIPO DE FELICIDAD ES RESPETABLE, por absurda que parezca. Y esto es válido para todos los ámbitos, desde la cama hasta los altares. No te avergüences. No te sientas culpable. Sencillamente, disfruta. Nos resulta incomprensible, incluso reprensible, algunos tipos de felicidad por el mismo motivo que desata guerras, violaciones y hambrunas: porque somos incapaces de ponernos en el lugar del otro.

 

Por ejemplo, en el lugar en el que nací, las señoras de la casa convertían la habitación más espaciosa y mejor iluminada, el salón, en un museo (de los horrores, en mi opinión) y toda la familia se apiñaba en un cuartucho oscuro y minúsculo denominado “sala de estar”. De ese modo, tenían una sala de estar y otra de parecer, que estaba amueblada como la segunda vivienda de El Fary, es decir, más allá de cualquier criterio estético. Era como el recibidor de una princesa desterrada, todo dorados y brillos cegadores, porque eso sí, la mantenían impecable. Y ni siquiera la dedicaban a las visitas, porque a las visitas las hacían pasar por allí con el fin de epatarlas, y luego decían, pero vamos a la sala de estar, que se está más recogido. Sin duda. Porque, según ellas, en la sala de estar se producía un microclima. En invierno se estaba más caliente (lo cual era cierto, por el calor humano) y en verano, de algún modo inexplicable, se estaba más fresco, debido a unas misteriosas corrientes que supuestamente circulaban y que deberían ser estudiadas pro los meteorólogos. A mí me parecía una costumbre odiosa, esa, pero hay que considerar cómo era la vida de las amas de casa antes de la liberación femenina y de que el maltrato fuera delito en lugar de una tradición hispana; larga, desagradable y brutal. ¿Quién puede reprocharles que quisieran ver cada mañana, para aligerar todo aquello, algo que pudieran considerar bonito, su verdadero espacio?

 

Y eso es algo que saben muy bien los creadores de las colecciones que se venden en los quioscos. ¿Minitacitas de té? ¿qué clase de cursi espantoso colecciona minitacitas de té? ¿para qué sirven? ¿dónde las pones? ¿se las enseñas a las visitas o las escondes? ¿están locos o qué? Pues no lo están. Las colecciona alguien que tiene pequeñas y delicadas las manos del alma. ¿Bomberitos de plomo? ¿minicoches de policía? ¿soldaditos de plomo? Alguien que prefiere jugar a incendiar, pegar tiros o guerrear. Y además son de coleccionista, es decir, puedes poseer completamente algo finito. Y emocionarte con la búsqueda de aquella pieza que todavía no tienes. Los creadores de las colecciones por fascículos saben ponerse en el lugar del otro, y pulsan esa cuerda oculta en nuestro interior. Son unos genios.

 

Así que, si uno se esfuerza un poco, será capaz de comprender por qué el otro tiene las estanterías llenas de libros, o el zapatero atestado de zapatos, o la terraza repleta de cañas de pescar, o un salón decorado al gusto de Sissí Emperatriz, aunque la corrupción inmobiliaria y la liberación femenina hayan convertido esta práctica en inviable. Y hay que recordar, en esta búsqueda del otro, que no sirven los grandes móviles, porque los grandes móviles explican la generalidad, pero la generalidad no siempre explica a esa persona con la que convives y a la que conviene mirar más de dos veces del mismo modo en que me miró mi padre. Y si en último extremo no alcanzas a comprenderlo, siempre sabrás que basta con respetarlo.

 

PASO 3 PARA SER FELIZ: si a ti algo te hace feliz, ¿a quién le importa? ¿y a quién le debe importar aquello que hace felices a los demás? A ti.
En cualquier caso, yo elegiré a alguien merecedor para contarle en plan confesión lo de las tres cosas frías hay en la vida, por no romper la tradición familiar, que se remonta a la época de los barberos, y porque seguro que le hace feliz a mi padre.
Eso sí, espero averiguar algún día si mi padre es un nihilista, o sólo es un cachondo. Si despejo la incógnita, os lo contaré, pero no creo. Sería más fácil revertir la flecha del tiempo y tomarme unas cañas de Joyce. ¿Qué no? vosotros no conocéis a mi padre...

Javier Arriero