Estrategias para ser feliz, paso 2:

Eres rico, pero no lo sabes

 

Aviso importante:

algunas personas han objetado que la imagen que en esta ocasión ilustra mi argumentación es sexista. Por tanto, en caso de ser hombre y con el fin de promover la igualdad, sustitúyase el diamante que aquí abre tantas puertas por un deportivo grande, duro y potente.

 

 

Cada mañana lamento no haber nacido rico, normalmente por razones bastante pedestres, como por ejemplo, apagar el despertador en lugar de levantarme. O incluso por razones elevadas, como que venga un coro de voces gaélicas a cantarme mientras me ducho. O más elevada todavía, casi estratosférica: para decir lo que pienso en toda circunstancia. Cabe la remota posibilidad de que la pobreza forje el carácter, pero desde luego no promueve la sinceridad. He memorizado una frase de Phillip Marlowe para emplearla con la persona adecuada: “para mí eres como un periódico del día anterior tirado en la calle. Avísame para que no te pise.”
Puedo parecer borde porque soy pobre, pero si fuera rico a eso se le llamaría tener estilo. Lo que distingue a un delicioso excéntrico de un loco de atar son unos cuantos ceros en la cuenta bancaria.

 

Y ya que ser rico parece que es pedir demasiado, lo mínimo que pido, porque yo lo valgo, es lo mismo que veo que tiene la gente que aparece en las películas y también aquellos que habitan al otro lado de la valla de los barrios residenciales: una casa de dos plantas, tres hectáreas de césped con una piscina en el centro, garaje con uno o dos coches, y esa elegancia que confiere descorchar entre amigos una botella de vino cuyo valor triplica el sueldo de la sirvienta.
Y es que las películas están repletas de esos pequeños detalles, impagables, que hacen agradables la existencia: encontrar aparcamiento en la misma puerta del lugar al que acudes, quedar con otro sin mencionar fecha ni hora y encontrarse en el punto no indicado, soltar un billete al azar y no esperar el cambio... Esos son impagables por ficticios, vale, pero para todos los demás debería estar mastercard.

 

Una vez llegaron a decirme, me gustan tanto las películas de la época de Kennedy porque reflejan lo que hemos vivido todos. El baile de graduación, bailar rock and roll, era nuestro estilo de vida. “Tú no has vivido eso ni has nacido en Estados Unidos”, le dije, y me contempló con asombro. No con el displicente arrobo con que se evalúa al excéntrico, sino con el susto con que miras al pirado. El sujeto en cuestión sufría el síndrome de la experiencia vicaria extrema, o personalidad trasplantada, es decir, sus propias vivencias le parecían tan insustanciales y tan poco fotogénicas que escogió unas más trascendentes, aunque fueran de otros. Normalmente, la experiencia vicaria te ayuda a comprender a los demás y enriquece. Pero depende de con qué la alimentes. Con Kafka la nutres, pero si la dieta se basa en porquerías, sólo engorda.
La televisión, así en general y exceptuando los documentales de la 2, engorda. Y además, reduce la agudeza visual. Como no miras por la ventana porque siempre ves lo mismo, pues te tiras todo el día mirando el mundo por la televisión. Y lo que ves es un tercio del total, es decir, el modo de vida de los países desarrollados y la civilización occidental (excepto Australia y Portugal, que están demasiado lejos como para importarle a alguien, según parece... aunque últimamente he visto alguna noticia sobre Australia). Lo que queda fuera de cámara son tres cuartas partes del suelo emergido y aproximadamente el 80% de la población mundial. Es cierto que a veces aparecen como trailers del otro mundo en los telediarios, lo que ocurre es que sólo ocupan la franja marginal que no pueden ocupar los deportes por falta de acontecimientos (donde pone deportes, léase fútbol y, en menor medida, toda aquella actividad en la que triunfe algún español, aunque sea un campeonato de chapas).

 


Si te pones delante de un mapamundi verás a lo que me refiero con lo de que nos falta perspectiva. Recorta Estados Unidos y Europa occidental. Según la televisión y Hollywood no debería quedar nada, pero ahí tienes continentes enteros. Y en esos continentes te consideran podridamente rico si puedes levantar un teléfono y encargar una pizza. En algunos de esos países no tienen teléfono, y en la mayoría no tienen ni harina para hacer la masa. De hecho, te considerarían insultantemente rico si te vieran con un puñado de garbanzos en la mano preparándote para hacer un cocido.
Ahora, con esta visión global, la cosa cambia. Tienes ordenador, tienes internet, sabes leer y algo encontrarás en el frigorífico, aunque no hayas hecho la compra de la semana. Tres cuartas partes del mundo, persona arriba persona abajo, se levanta por la mañana soñando con un saco de arroz, que es lo más ambicioso con lo que se atreven a soñar. Y te ven con los mismos ojos con que el populacho francés miraba a María Antonieta. Es triste, pero es así.



Pero lo mejor es que obtener esta riqueza no nos ha costado ningún esfuerzo. Hemos nacido en el lugar adecuado. Cuestión de suerte. Sólo un poco más al sur (de hecho, la distancia de un estrecho) y nuestro mayor deseo habría consistido, únicamente, en poder cruzarlo.
Comparado con eso, que suene un despertador, pierdas pelo, te suban la tarifa del móvil o el famoso de turno se vista con ropa de mujer antes de de meterse en la cama con su novia, que por cierto ya le ha dejado, son asuntos soportables, examinados en su justa escala. De hecho, creo que puedo prescindir de momento del coro de voces gaélicas.

 

Paso 2 para ser feliz : no perder de vista la escala. Tendrás deseos, pero no necesidades. Necesidad es lo que tienen ellos, y es tan acuciante que les impide tener deseos. Estás a este lado del estrecho, y eso te convierte en rico, te guste o no. ¿Eres feliz? Pues si lo fueras no estarías leyendo este manual. Ellos creen que serían felices con lo que tú tienes, tú crees que serías feliz si tuvieras el coche del vecino, y el vecino cree que sería feliz si pudiera dominar el mundo. Para que veas que es verdad que el dinero no lo arregla todo, aunque ayude. Cuando tus deseos no se cumplan, porque no suelen (por eso son deseos), piensa en la necesidad. Anima mucho.

 

Javier Arriero