Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero,
de Marc Ferro

Por qué: el título lo dice todo. ¿A quién no le interesa, a quién no le intriga, quién no se pregunta qué le dicen a los niños respecto a la historia, y por qué se lo dicen?

Aunque el libro tiene un interés innegable, se trata de una edición antigua, de 1981, y difícil de encontrar (la editorial es Fondo de Cultura Económica, de México). Si alguien quiere un ejemplar (merece la pena) le recomiendo que se vaya a buscarlo a la caseta que la editorial instala cada año en la feria del libro de Madrid.
Yo no lo he visto en ninguna otra parte, y no conozco ningún otro manual sobre el tema. En fin, es una joya de mi biblioteca.

¿Para qué sirve la historia? Esta es una pregunta con múltiples respuestas, pero hoy nos vamos a centrar en una de las servidumbres de la historia: la historia, como el recuerdo, conforma nuestra identidad. Nos dice quiénes somos, como seres humanos y como colectividad.

Como el asunto es enjundioso, y además resbaladizo, voy a tratar de expresarme con la mayor exactitud, aunque el resultado sea extenso.

Dado el prestigio que tiene la palabra “ciencia”, dotada del valor de lo indiscutible en nuestra sociedad, la tendencia de la historiografía actual es presentarse como hecho científico. Y, ciertamente, hay mucho de ciencia en la investigación histórica. Cuando un arqueólogo expone los resultados de su trabajo, nos dirá, por ejemplo: “en la necrópolis de Numancia hemos encontrado veinte urnas cinerarias que contenían un total de doce puntas de lanza de hierro y seis espadas de tipo lateniense. Las hojas de las espadas han sido dobladas de forma intencionada.”


Hasta ahí los hechos indiscutibles, es decir, la ciencia. Podemos medir, pesar y numerar los objetos encontrados. Pero si queremos dotar a ese hallazgo de un sentido, es decir, convertirlo en algo más que una mera enumeración de elementos, no nos queda más opción que extraer alguna conclusión al respecto, y para hacerlo debemos guiarnos por nuestro conocimiento de lo humano. La lógica deducción, dada la abundancia de armas, es que estamos ante una sociedad en la cual la guerra está muy presente. En este contexto, las armas constituyen un elemento de prestigio, y como tal se entierran junto a las cenizas del difunto. En cuanto al por qué aparecen las espadas dobladas, tenemos que ir un paso más allá, y deducir que han sido dobladas de forma intencional como parte de un ritual funerario. Podemos deducir, incluso, que hay una asimilación entre la muerte del individuo y la muerte simbólica del arma inutilizada.
Ahora, para comunicar lo que representan esta combinación de hallazgos físicos y deducciones no nos queda más remedio que recurrir a la palabra, es decir, a la narración. Analizaríamos todos los datos publicados de todas las excavaciones realizadas en el área, los confrontaríamos con los textos de la época, si hubiera, y expondríamos las conclusiones: Numancia era la ciudad más importante del pueblo arévaco, sus ciudades estaban en altozanos, rodeadas de murallas; eran excelentes guerreros y jinetes, rendían culto a las fuerzas de la naturaleza y la ciudad fue finalmente arrasada por los romanos tras veinte años de luchas intermitentes.

Algunas corrientes historiográficas han pretendido negar la naturaleza narrativa de la historia, reduciéndola a una serie de números absolutamente inanes. Esto equivale a que yo contara “a lo largo de la semana crucé treinta veces mi calle”. Innegablemente cierto, y absolutamente vacío. No podemos aprehender nada de este hecho. Es inútil, si lo que queremos saber es qué me empujó a cruzar la calle, es decir, saber algo acerca del ser humano y por tanto de nosotros mismos.

En definitiva, la historia, para ofrecernos conclusiones, tiene que hacerlo a través de la palabra, es decir, de la narración. Y toda narración es intencionada. Una narración sin intención es una narración sin sentido, y una narración sin sentido no es narración. Es un dadaísmo arbitrario. Un galimatías.
¿Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero? De forma intencionada. Siempre. Es inevitable. La mayoría de estas narraciones que contribuyen a configurar nuestra identidad son bienintencionadas. Es decir, los errores de esta narración, en caso de haberlos, provienen de una mezcla de ingenuidades, tópicos y simplificaciones. Es importante saberlo, porque si nuestro propio recuerdo estuviera lleno de ingenuidades, tópicos y simplificaciones estaríamos abocados a la tragedia.

El problema es cuando la intención no es informarnos o indagar acerca de aquello que es humano, y por tanto común a todos nosotros, sino que se pretende formar una identidad excluyente, es decir, resaltar aquello que diferencia a unos humanos de otros. En los sistemas educativos de todo el mundo, sobretodo en la enseñanza básica, precisamente en la edad más importante para la configuración de la identidad, la historia está al servicio de la nación. El primer patrón que se sigue para ello es el de limitar la historia a lo acontecido dentro de la propia frontera. El segundo patrón generalizado es el uso de anacronismos para una mayor identificación entre historia y nación.
Me explico, tomando ejemplos cercanos.
Cuando la asignatura es Historia Universal, los países occidentales se limitan a contar la historia de la civilización occidental (India y China, sin ir más lejos, figuran de forma tangencial, si figuran). También en otras culturas, como la islámica, la Historia Universal se orienta de forma preferente al área de influencia islámica.
Y cuando se trata de la historia del propio país, empiezan los anacronismos. Por ejemplo, se califica a los celtíberos y a los íberos como una especie de protoespañoles, o españoles primigenios (cuando yo estudié, era así). Anacronismo evidente, porque España no surge como estado hasta mil ochocientos años después, como muy pronto. Incluso durante la época de Felipe II, tan imperial y tan española, no hay una idea de “nación”, sino que el territorio se administra como “herencia personal” o “propiedad” del rey, de un modo casi feudal, como un gran conjunto de territorios “ducales” donde caben tanto alemanes y flamencos como castellanos.
Por otra parte, habría que mencionar las influencias culturales celtíberas, por ejemplo. Celtíbero es el término que usan los romanos para definir a estos pueblos de la meseta, pero no implica una mezcla de íberos y celtas. Significa Kelti o Keltoi de Iberia, es decir, los celtas de Iberia, en contraposición a los otros celtas que ya conocían, los de la Galia Cisalpina. Por tanto, para estudiar de un modo conveniente a los celtíberos habría que mencionar su procedencia, cultural o física, localizada en el centro de Europa. ¿Quiere esto decir que los celtíberos eran en realidad alemanes? Evidentemente, no, del mismo modo que no son españoles.
Podríamos aducir que en cualquier caso se trata de nuestros antepasados, ya que ocuparon el mismo espacio que ahora ocupamos nosotros, y cabe suponer que descendemos de ellos. Pero esto de la ascendencia es más complejo de lo que parece.
Cito este texto de un artículo:
“Un grupo de investigadores de Reino Unido, Italia, China y Uzbekistán ha elaborado un estudio, mediante muestras de tejido de 2.000 hombres de Asia Central, en el que las conclusiones aseguran que el 8% de la población de esta zona tiene el mismo cromosoma "Y" que Gengis Khan”.
Y es que se dice que Gengis Khan tuvo 20.000 hijos. Pero no olvidemos que hacen falta dos para tener un hijo, y el 8% de la población desciende en igual medida de alguien que no es Gengis Khan, y a mucha honra.
Por otra parte, la población ha crecido enormemente en los últimos dos siglos, así que, yendo hacia atrás, el embudo se va estrechando. Podríamos decir que todos, chinos y españoles, descendemos de un pequeño grupo de Homo erectus, y también sería cierto.

Examinemos el caso concreto de los numantinos, que en la posguerra española se convirtieron en “esencia” de las virtudes patrias. Tras la rendición de Numancia, según nos cuentan los textos que conservamos, aquellos que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos, y desperdigados, por tanto, por las provincias romanas. Así que ninguno de nosotros puede descender de aquellos numantinos, salvo que alguno de sus hipotéticos descendientes volviera a pisar Iberia, y, en ese caso, lo haría ya como romano.

Hay narraciones, como las que se analizan en este libro, Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero, surgidas de estados dictatoriales y nacionalismos exacerbados, que ni son ingenuas ni bienintencionadas. Y se dan en todo el mundo, en uno u otro momento de la historia contemporánea, desde Rusia a Japón, pasando por Egipto y España.
Tomemos un ejemplo de nuestro propio país. Respecto al periodo medieval se usa la palabra Reconquista, lo que ya sitúa al narrador en un punto de vista parcial: se mira la historia medieval desde los ojos de los reinos cristianos. Y este simple detalle lleva a pensar de forma inmediata que España es en mayor medida Pelayo, una figura más cercana al mito que a la historia, que Almanzor. Y hablamos de un periodo histórico en que España ni siquiera existía.
Pero expondré una anécdota todavía más concreta. Cuando yo estudiaba se dedicaba todo un capítulo a Guzmán el Bueno. Los árabes sitian la plaza del visigodo Guzmán y le exigen su rendición, amenazando con degollar a su hijo. Guzmán arroja desde lo alto de la muralla su propio puñal, diciendo, matadle con él, porque jamás rendiré la plaza.
Esta historia debía servir como correlato de la defensa del Alcázar de Toledo por parte de los militares rebeldes durante la guerra civil. Pero cuando yo estudié, la resistencia del Alcázar, que se suponía en su momento que debía formar parte de la realidad compartida, no formaba parte de la mía. Es decir, que yo desconocía lo acontecido en el Alcázar. Así que aquel relato me resultaba absurdo, deslavazado, incomprensible. La narración sitúa al lector en un lugar muy claro (junto a Guzmán, que no olvidemos que es El Bueno) frente a unos invasores capaces de las más bajas argucias para lograr su objetivo. Bien, pero, me preguntaba yo, ¿Qué clase de padre era Guzmán? ¿Por qué le llaman El bueno? ¿Por qué ese desprecio por la vida, propia o ajena? Y, sobretodo, ¿Por qué este hecho ocupa toda una página?

Estas historias nacionalistas son, a menudo, narraciones hábiles. Raramente incurren en la mentira flagrante, esa que cualquiera podría señalar con el dedo. Lo que dicen que pasó, es cierto que pasó, aunque no sucediera exactamente de esa manera o sus repercusiones no fueran las que se indican. Lo que hacen estas narraciones es manejar los elementos narrativos de forma astuta para imbuir un concepto de identidad en el lector. Los recursos manejados son, fundamentalmente, el punto de vista, la omisión y la extensión.
Para el punto de vista, cito de nuevo el término Reconquista, o el de colonización, cuando lo que define en realidad no es el establecimiento de colonias, sino la invasión del territorio africano por parte de las potencias europeas. En cuanto a la omisión, algunos de los mayores místicos musulmanes nacieron en Al Andalus, hecho que en general ignoramos, aunque conocemos sobradamente la figura de El Cid. Santa Teresa es mucho mejor conocida en España que Lutero, que provocó uno de los mayores cismas de la cristiandad. Sin él es imposible comprender una etapa crucial de la historia, la reforma y la contrarreforma, pero puedo asegurar que lo que sé del protestantismo no lo sé porque me lo enseñaran en la escuela.

Y en cuanto a la extensión, está claro: se trata de abordar de forma mucho más exhaustiva aquellos detalles que resultan más convenientes, dado que una mayor extensión implica también, narrativamente hablando, una mayor importancia. Otro ejemplo cercano y claro: me dijeron que los árabes estuvieron más de setecientos años en España, pero ni una palabra de qué hicieron en todo ese tiempo, salvo sufrir una derrota tras otra.

En conclusión, la historia no puede prescindir de la narración, y un buen historiador debe ser también un buen narrador. Esto no quiere decir que sea un gran novelista, sino que debe conocer las técnicas narrativas y su implicación en la aprehensión del texto por parte del receptor. Tanto para evitar las deformaciones no intencionadas, como para combatir las deformaciones intencionadas.

Y toda esta manipulación, que nos parece propia de otra época, en realidad nos atañe, a nosotros y a ahora mismo: ¿Cómo se cuenta la historia a los niños de España entera? No tengo en la mano los manuales de historia de las distintas comunidades autónomas, pero, a través de conversaciones con personas de distintas comunidades de España, he detectado un amplio conocimiento de ciertos episodios históricos muy convenientes para la exclusión, y un desconocimiento igualmente amplio de otros episodios muy convenientes para la inclusión. Incluso he oído frases como “nosotros somos distintos al resto de los españoles, por lo que necesitamos la independencia”. A lo que podría aducirse que yo tampoco me parezco a mi mujer, y sin embargo estamos casados. Por no mencionar que no sabemos en qué vitrina se guarda la vara de medir lo español.

El ser humano es un animal cultural, y el hecho de que una cultura pueda ser ligeramente distinta a su vecina, sobretodo en lo que atañe a bailes regionales, no implica dejar de ser humano. Es decir, no porque en un pueblo se aprecie un deporte más que en el pueblo de al lado es necesario crear una república independiente. Habría que preguntarse, más bien, quiénes y por qué se han empeñado en subrayarnos la diferencia que nos separa, en lugar de mostrarnos aquello, mucho más fundamental, que nos une. Porque no hay muchas historias ni muchos seres humanos: la verdad y la historia es una, y uno es también el ser humano.

Habría que examinar si lo que se enseña en determinados manuales es la historia del ser humano, o lo que se pretende es forjar identidades nacionalistas. Urge meditar sobre ello, porque la identidad nacionalista es el verdadero detonador de las bombas.

 

 

Javier Arriero Retamar