Confesiones de un rebelde irlandés, de Brendan Behan

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Por qué: siento debilidad por la literatura irlandesa. Los propios irlandeses se asombran de la cantidad de escritores de calidad que ha dado una isla tan pequeña, con una población tan escasa y donde ha habido, hasta 1980, tal dificultad para sobrevivir que el único futuro residía en la emigración. Y aun pasando hambre, muchos irlandeses han escogido, para regocijo de la humanidad, el camino de la literatura, camino que te aboca, precisamente, al hambre. No hay explicación clara para este fenómeno, aunque la más plausible es que esta vocación literaria proceda de su larga tradición bárdica. Esta tradición céltica y milenaria, que tiene su origen en los bardos, sobrevive en los relatos orales que se cuentan de padres a hijos, y parece generar en los irlandeses dos amores insaciables: el de la música y el de la narración. De hecho, hay rastros de esa oralidad desaforada en el Ulises de James Joyce.

En Dublín se puede visitar el único museo del mundo dedicado exclusivamente a escritores. Rinde homenaje a los autores de la isla, y el escritor más moderno que tiene el honor de figurar es, precisamente, Brendan Behan. Para los irlandeses, Behan es su clásico más reciente. Pero es poco conocido en nuestro país (ignoro si lo es en otros). Alcanzó la fama como dramaturgo, y ninguno de sus obras se ha estrenado en España. En cuanto al resto de su producción, no ha sido traducida.
En esta obra, Behan recoge en primera persona su experiencia nacionalista (fue miembro activo del IRA) y sospecho que ésa, y no su calidad literaria, es la razón que ha animado a la editorial Txalaparta a afrontar su publicación.

Behan no pudo escribir con su propia mano esta autobiografía, editada póstumamente. Estaba demasiado enfermo y demasiado borracho. Se basa en la transcripción de una serie de grabaciones, como se indica en el prólogo, y la obra tiene esa cercanía de la oralidad, de la historia contada en un bar. Pero, como toda historia contada en un bar ante un público demasiado amplio, apenas profundiza. La única intención de Behan es hacer un sucinto resumen de su vida. Y lo hace ensartando anécdotas más bien pálidas. Más que a una persona, la obra alumbra a un personaje, el tipo vitalista, sencillo y sin complejos con quien cualquiera podría compartir una buena juerga. Sólo en ocasiones parece abrir una ventana que permita atisbar al verdadero Behan. La persona que se encargó de realizar la transcripción elabora un retrato de Behan más íntimo y completo que la propia autobiografía, de modo que, excepcionalmente, ya que aborrezco los prólogos, animo a leerlo.

Behan nació en Dublín en 1923. Fue arrestado por ser miembro del IRA en 1939, cuando Irlanda ya había obtenido la independencia. Lo que el IRA reclamaba (y todavía reclama) era la anexión a la república irlandesa de los condados del norte, el Ulster. Habiendo nacido en una nación que ya era independiente, ¿qué le condujo a militar en el Ira?No hay respuesta en esta autobiografía. Behan ni siquiera se hace la pregunta. Quizá haya que buscar la clave en "Borstal Boy", la obra en la que narra sus primeras experiencias en las cárceles inglesas. En cualquier caso, Behan nace en un medio, los suburbios de Dublín, en los que la militancia, por lo que se deduce del libro, parece constituir una opción lógica. Y él se deja arrastrar por esa corriente sin plantearse demasiado las razones ni las consecuencias. Pero no es un fanático. Simplemente, considera que actúa del modo correcto.
Como él mismo comenta, comparte con su abuela la impresión de que la única diferencia entre pertenecer a la República de Irlanda o al reino de Gran Bretaña es que la carta de deshaucio te llega con el sello de un arpa en lugar de con un león, y no distingue amigos de enemigos si tiene delante un whisky.

No nació rico y no nació famoso. Subsiste con trabajos esporádicos como pintor de brocha gorda, y suele beberse las ganancias tan rápido como llegan. "Todo el mundo sabe de qué se habla cuando se habla del trabajador. Trabajador es uno que hace trabajos sucios, aburridos, peligrosos, o las tres cosas a la vez. Si es tan obvio que el sacerdote es un trabajador, en el nombre de Jesucrito, ¿por qué tienen que repetirlo tantas veces?".
Escribe por dinero relatos pornográficos y artículos para diversos periódicos, hasta que le llega, inesperadamente, el reconocimiento. Su obra llega a Estados Unidos y las editoriales se lanzan ávidamente a publicar cualquier cosa que salga de su mano. Pero de su mano ya no sale nada, porque a duras penas puede ya escribir. El alcohol le pasa factura. De ahí que se realizaran las grabaciones en las que se basa el libro. De los demonios de la adicción, que finalmente le llevan a la tumba, no hay mención. Como se comenta en el prólogo, pasó sin éxito por varias clínicas de desintoxicación. Muere a los 41 años. Probablemente, sus mejores obras estaban aún por escribir.

¿Rebelde? puede ¿irlandés? sin duda. Pero precisamente lo que no hay en esta autobiografía es una confesión. Yo no me atrevería a juzgar a Behan en ningún sentido partiendo únicamente de esta obra. De todas formas, voy a dejar hablar al propio Behan en uno de los mejores momentos que contiene el libro:

"-Usted es un individualista, dijo un joven de pelo largo disfrazado de poeta.
-¿Acaso Cristo no lo era? - dije - pero no me importa Cristo en absoluto. Además de ser el único hombre que nunca aceptaría un empleo honesto con salarios sindicales, me distingo por otro motivo. Soy la única persona que soy supersticiosa sin ser religiosa. Soy ateo a la luz del día. Sólo de noche, o cuando estoy muy enfermo, considero los reclamos de la religión con una disposición favorable. A la luz del día y con buena salud, es decir, en las únicas circunstancias en las que un hombre puede decir honestamente su opinión sobre este asunto, considero que lo que hizo Cristo fue perder su tiempo haciendo un montón de basura. ¿Por qué no podemos sencillamente deambular por ahí y pasárnoslo bien, y echarnos un trago, y comer algo, y hacer un poco de lo otro, sin mayores preocupaciones? el trabajo es la muerte sin dignidad. La muerte siempre tiene dignidad. Puede que el hecho de estar muriéndose no sea muy alentador pero, una vez muerto, el hombre se torna invencible. Nunca más lo puden atemorizar.
De pie en el bar había un hombre que se me fue acercando.
-Lo he estado escuchando -dijo- y no acabo de entender el significado exacto de algunos de sus comentarios.
- Yo tampoco -respondi con toda sinceridad - pero tenía que decirles algo a estos bastardos."

 

Javier Arriero