Quién soy... me hago esa pregunta un par de veces por semana. La respuesta más válida con que he tratado es que no lo sé.

Todas las obras literarias deberían ser anónimas. Si el escritor es un canalla o un santo importa poco, tampoco importa su nombre o su vida. Un texto tiene vida propia y empieza y acaba en sí mismo. No hay nada más allá de la página que deba interesar seriamente al lector.

Cuando un escritor repite novela se dice que tiene un estilo definido, pero yo aspiro a no escribir la misma novela dos veces, es decir, no tengo estilo.

Mi nombre... el nombre es como la nacionalidad, todos tenemos uno, y el que tenemos es el que toca en suerte. Es un accidente, y los accidentes no nos definen. En cuanto al resto de la biografía, normalmente está tan plagada de accidentes (la mía al menos lo está) que yo no soy yo, soy mi circunstancia.

 

De todos modos, si después de esto quieres saber algo más sobre mi biografía, te diré que no puedo ser absolutamente sincero, porque uno compone su biografía cada día, y lo hace partiendo del único conocimiento posible, es decir, desde hoy, desde el final. Lo único que sé es que no sé nada, es decir, que estoy vivo. Si uno mira hacia atrás lo hace en busca de un sentido, y ese sentido viene impuesto por la última frase de la última página. Podría contar mi vida veinte veces en veinte días, y siempre parecería distinta. Una biografía es como un río, y no puedes bajar al mismo río dos veces. Es así. Por si fuera poco, la memoria engaña, selecciona aquello que para nosotros es significativo en este preciso momento, y deja a un lado todo lo demás. Sabemos que pasó, pero, ¿Pasó tal como lo recordamos? ¿y significaba entonces lo mismo que ahora? La vida es una única película, pero es el director quien decide el montaje, y dentro de nosotros hay un director distinto cada día.

Si persistes en querer saber algo de lo que me pasó, te diré que nací tres meses después de lo debido, según mi madre porque no quería salir al mundo exterior, y aunque no lo recuerde, la creo. Y creo además que eso es lo único que puedo definir como auténtico carácter, justo antes de que las circunstancias me arrollaran.

Dieciocho años después estalla la Primera Guerra del Golfo y yo estoy asomado a la puerta de un almacén de repuestos para tanques y veo a varias compañías de soldados corriendo por el campo que hay ahí fuera. Llevan máscaras de gas y trajes contra agentes químicos que causarían su muerte fulminante en caso de verdadero ataque químico. Yo lo sé, y ellos lo saben. Jamás hubo armas de destrucción masiva, pero este detalle fingía ignorarse entonces. Se rumorea que el gobierno ha decidido enviar a nuestro regimiento a la guerra del golfo. Ninguno somos soldados profesionales. Como Aquiles, ya sé dónde está el enemigo, sé que el enemigo no está enfrente y tampoco está dentro de mí, el enemigo está por encima. Empiezo a preguntarme muchas cosas... ¿Por qué voy a matar a un iraquí, a uno concreto? Porque cuando matas, no matas al mal, ni a la dictadura, ni a la perversidad. Matas a alguien concreto. Apuntes donde apuntes. No falla. ¿Por qué voy yo a liberar Kuwait? Por el petróleo. Pero ni siquiera tengo coche, y una y otra vez sale por la tele una modelo de ojos azules con la cara tapada por un velo y me pide que yo libere Kuwait, y esa imagen sólo sería más falsa si el velo llevara la marca de nike.

De todas formas, más que a matar, en el servicio militar me han enseñado, sobretodo, a morir sin pensar. Y yo no tengo por qué ir a morir al desierto (¡tan lejos!) ya que el lunes cumplo el último minuto del último día de mi servicio militar. Pero me informan de que eso da igual. Cuando nadie miraba “alguien” introdujo en la constitución un párrafo por el que en caso de que estalle una guerra (y en algunos otros) yo no tengo derechos constitucionales. Ni ningún otro, si a eso vamos. Aunque mi servicio militar está cumplido voy a ser enviado a la guerra de todas formas, y a quién le importa. Mi vida no es mía, es del estado. Igual podría ser del estado iraquí, pero es de éste.

Así que en lugar de estar en eso que llamaba hogar y que quizá no merece tal nombre, es decir, en vez de recibir la manumisión, fui enviado a unas maniobras militares en espera de la guerra. Viajaba en un camión con un conductor sonámbulo. No lo recomiendo. El conductor tenía los ojos abiertos, pero estaba dormido. El camión se salió de la carretera y estuvo dando tumbos durante un buen rato, pero no volcó, y eso fue calificado de milagro. Qué necesidad hay de ir al desierto a morir cuando te pueden matar aquí mismo... Por ejemplo, en unas prácticas con fuego real, rodeado de gente armada que no superarían ningún test psiquiátrico ni estando sobrios, que no siempre es el caso.

En el último momento el gobierno decidió decidió no enviar efectivos a la primera guerra del golfo, seguramente porque nos temían los estadounidenses. Y esa es la razón por la que no fui ignominiosamente fusilado y volví al lugar del que procedía donde, por otra parte, tampoco me esperaba nada.

Pero, por si caben dudas, debo decir que yo viví la guerra plenamente, y el fuego era real. La guerra siempre se libra a este lado de la trinchera. En la guerra moderna al enemigo que tienes enfrente ni le ves ni te importa, porque el enemigo no está ahí.

Adelanto al lector que he estado a punto de morir varias veces, que a continuación relataré, y todas ellas por causas absurdas, jamás heroicas. Las heroicas las ves venir y te puedes hacer a un lado, las absurdas te pasan por encima. Yo nunca he temido seriamente al mal. El mal tiene sus razones y sus móviles, aunque sean discutibles. Con el mal se puede dialogar y hasta jugar una partida de ajedrez. Puedes oponerte al mal. Pero la estupidez es invencible. No tiene lógica ni forma, está detrás de cada esquina y en cualquier momento puede saltar sobre ti. Líbrame del estúpido, que del malo ya me libro yo.

La segunda vez que estuve a punto de morir fue así: mi padre sostenía una escalera de madera maciza de diez metros de alto y se le fue de las manos (espero que realmente se le fuera de las manos), la escalera se me vino encima y el último peldaño me rozó la nariz.

Hubo una tercera vez en que estuve a punto de morir, pero el príncipe Felipe me salvó la vida. Sí, el príncipe Felipe. Era más joven que ahora y probablemente no se acuerde, primero, porque no era su vida la que estaba en juego: segundo porque se trató (otra vez) de un asunto absurdo, y tercero, porque supongo que un príncipe tendrá cosas mejores que recordar. No lo sé, nunca he sido príncipe, pero lo sospecho. En cualquier caso, he de decir que detuvo a un general cuando se bajaba de un coche en marcha dispuesto a coserme a tiros. ¿Ves lo que te decía del enemigo? Vale, he de reconocer que nunca he sido un buen soldado, pero se supone que el general y yo estábamos en el mismo bando...

Probablemente estuve a punto de morir otra decena de veces, pero ni siquiera me enteré. Basta con estar en el lugar inadecuado y en el momento inoportuno, pero hasta ahora he logrado que no confluyan definitivamente ambas variantes.

Así que, como ves, he decidido contar mi biografía a partir de las veces que no he muerto, lo cual es en sí mismo una buena noticia. Y lo he hecho en busca de alguna razón elevada por la cual deba estar aquí... y si la hay, no la conozco. Pero aquí estoy, puedo contarlo y lo cuento, ¿no es eso suficiente? Para mí lo es. Sirva esto para ilustrar que a mis textos no les queda otro remedio que justificarse por sí mismos.