Cómo ser feliz, paso 10:

No chupes el bastoncillo usado de Paris Hilton

 

Cuando tenía nueve años, es decir, cuando todavía no se me reconocía capacidad de decisión, se presentó en clase un sacerdote católico experto en oratoria con el fin de convencernos de que lo mejor que podía hacer un ser humano de bien era internarse en un seminario. Para ello, y con mucha habilidad, más que de Dios, nos habló de las instalaciones del recinto, especialmente de la piscina olímpica. Algo semejante me volvió a pasar años después, cuando el mismo individuo (o se le parecía mucho) apareció en el cuartel con la intención de convencernos de los parabienes innegables de alistarse en la legión. En este caso, en lugar de hablar de la patria, habló de las magníficas armas que dejarían en nuestras manos, del respeto que causarían nuestros tatuajes en las tabernas de los arrabales, de la camaradería, es decir, de encontrar una familia mejor dentro del propio barracón, y de la posibilidad (nunca se sabe) de matar personas dentro de la legalidad.
En ambos casos era el mismo tipo y te pedía lo mismo: que entregaras tu vida a lo que a él consideraba un valor absoluto, ya sea su patria o su dios.

 


Mi madre, que en realidad no era católica, se mostró encantada con la propuesta de internarme, primero porque me vería menos, pero con mayor alegría, y segundo, porque ser sacerdote católico era algo grande en la España de la posguerra. Los curas, me dijo, nunca pasan hambre. Cierto que la posguerra y el hambre ya eran cosa del pasado, pero los sacerdotes son buenas personas, me dijo, y cuidan muy bien de sus ancianas madres. Que hay que mirar por el futuro.
En este caso concreto, yo mostré mayor discernimiento que ella y no me dejé engatusar por la piscina. Los que sí se internaron en el seminario me contaron luego que la piscina se usaba exclusivamente cuando estaba helada. Se le rompía el hielo cada mañana y se sumergían los cuerpos por las buenas o por las malas (internado, la misma palabra lo dice, el cuerpo lo has cedido) con el fin de endurecer el alma. Me contaron ese, y otros muchos relatos de terror. Algunos terribles y algunos tragicómicos, como uno que iba de que, si te hacías pajas, escupías en la cara de San Agustín, por no decir en la de otros sujetos situados aún más alto en la pirámide social del cielo, que en todo hay clases. Y NO QUERRÁS ESCUPIR EN LA CARA MISMA DEL REDENTOR Y ARROJARLE TUS MISERIAS, PORQUE ENTONCES DAS VÍA LIBRE A UNOS SUJETOS CON CUERNOS PARA QUE TE DESGARRAREN LAS CARNES CON GANCHOS ARDIENTES, Y TE LO TENDRÁS BIEN MERECIDO. Por el amor de Dios.



El caso es que cada sociedad tiene unos valores absolutos que nadie discute, y ser cura y legionario eran dos de ellos. Si te mueves un poco arriba o abajo en la pirámide, los valores cambian. Si vas para arriba, en lugar de legionario puedes aspirar a ser ministro, y si te vas por abajo, en lugar de chatarrero puedes ser fontanero.

 

Ahora vivimos en una sociedad global. Es decir, en una sociedad única en la que por mucho que corras, viajes, huyas, asciendas o desciendas, el valor es siempre el mismo. Ser rico o famoso. Es lo mismo, porque lo uno lleva a lo otro. El cómo lo logres es lo de menos, porque en el logro está la redención. Si fallas en la escalada puedes acabar en la cárcel, pero si llegas a la cima de la gloria, ya no hay quien te trinque. Es la diferencia entre matar a uno y matar a un millón, la que dista entre el loco genocida y el genio militar, entre el dictador y el estadista, entre el trilero y el banquero.

 

Este hecho me venía a la mente viendo a, por ejemplo, Pau Gasol. Si cuando se inventó el baloncesto se hubiera situado la canasta al modo griego, es decir, considerando la estatura media del ser humano como medida de todas las cosas, los altos no hubieran gozado de ventaja en este deporte. Sería un deporte, por qué no decirlo, democrático. Es más, la altura habría resultado un inconveniente, porque hay que reconocer que los altos son más desgarbados. Y además se les sobrecargan las rodillas.

 

Pero cuando se inventó el baloncesto ya imperaban los valores americanos, es decir, los valores que luego se han globlalizado (¿por qué llamarlo globalización y no americanización?). En el americanismo, el ser humano es el sujeto que está en la cadena de montaje de automóviles hasta que puedan sustituirlo las máquinas, y en la cúspide está el superhombre nazi, el hombre-tiburón de dientes blancos cuya riqueza asiática se sustentaba en la fábrica-campo de concentración. Aunque eso era antes, ahora la riqueza del superhombre espectáculo se sustenta en la nada, en las acciones de la bolsa y en el aplauso de la masa, conceptos abstractos que vienen a ser intercambiables. Tú a un griego de los de la época de Sócrates le cuentas que por el bastoncillo de oídos usado por Paris Hilton cuando estaba presa se ha pagado una millonada y aprieta el botón nuclear con el fin de resetear el mundo y empezar otra vez desde las cavernas, porque al asunto no le ve salida filosófica.

 

En una medida griega, con canastas a una altura razonable, la madre de Pau habría pensado, ya ves, un hijo tan grande para qué me sirve, para varear olivos. Y con lo que come... No lo habría dicho, pero lo habría pensado. Y Pau es el mismo, un hombre generoso, implicado con la causa, que lo da todo por la selección española. Puedo asegurar que a mí me causaría el mismo asombro verlo varear aceitunas que meter canastas, con la salvedad de que las aceitunas se comen, pero sospecho que los demás no lo considerarían del mismo modo. Donde ahora ven a un héroe sólo verían a un labriego.

 

En el pasado mes murió una cantidad indeterminada de mecánicos, cooperantes, médicos, curas, legionarios y exlegionarios, fontaneros, investigadores de la cura contra el cáncer que tras doce años de estudios descubrieron que nuestra sociedad carece de fondos para investigar aquello que puede curarnos; ha fallecido en este tiempo una cantidad indeterminada de estos seres anónimos, decía, y un futbolista. Te guste o no te guste el fútbol, lo sabes. Y los minutos de silencio que se le dedicaron al futbolista, puestos en fila, darían tres veces la vuelta al mundo. Pero el resto de tragedias que tuvieron su fin es, como decía, un anónimo indeterminado. Ni es justo ni tiene sentido, pero es lo que hay, es decir, el presente. Y como dice otro futbolista en un anuncio, ni pasado ni futuro, el presente es lo único que cuenta. Y lo anuncia aunque sabe que el presente está a punto de pasarle por encima y convertirle en obsoleto.
Debido al valor absoluto del fútbol globalizado los mecánicos anónimos que hacemos rodar el universo mundo seremos siempre un número indeterminado y todas nuestras grandezas y miserias serán volcadas en la fosa común del presente cuando nos muramos de cáncer. Pero es lo que hay, es decir, el presente, es decir, lo que nos hemos buscado.

 

De modo que en el presente somos un número fascinado ante el superhombre que está en el escenario, y, en caso de poder pagarlo, chuparemos con fruición los restos de cera del bastoncillo de Paris Milton. Los que no pueden pagarlo no tienen nombre, están todos juntos y se llaman Tercer Mundo.

Afortunadamente, nos queda el futuro. Y seremos lo que somos hasta que dejemos de aplaudir y nos convirtamos de nuevo en humanos.

 

Afortunadamente, no hay valor que cien años dure ni globalización que lo resista. Como dice mi amigo Yones, cualquier día prohíben el ramadán, porque es revolucionario. Es un tiempo en el que aprendes que, por mucho dinero que tengas, no te sirve para satisfacer la primera necesidad: el hambre. Y en esos casos, ves al baloncesto como una extravagancia, sobretodo frente a la provechosa actividad de varear aceitunas. Y aprecias mucho mejor el sabor de un sencillo gazpacho que el de todo el cerumen de la oreja de Paris, de cuyas cualidades alimenticias dudo seriamente.

 

Paso 10 para ser feliz: deja de aplaudir. Y, si tienes que aplaudir a alguien, aplaúdete a ti mismo. Reconoce que madrugar cada mañana para ejecutar alguna labor absurda durante 35 años de vida laboral con el fin de contener la entropía del universo mundo y que todos comamos es el acto más heroico que existir pueda. Cuando te pregunten, finge no saber quién coño es Paris Hilton. Porque ya te lo digo yo: Paris Hilton no es nadie. Puede que ni siquiera exista. Y aun cuando exista, a quién le importa.

Javier Arriero